Por qué he cultivado y estudiado la poesía
Por qué he cultivado y estudiado la poesía.
Por Marcelino Juan Canino Salgado
Charla ofrecida a los niños escolares del Distrito de Dorado
el día 23 de febrero de 2010.
Nací en el momento más álgido de la guerra de USA y sus aliados contra Alemania. Conflicto que se agravó dramáticamente con el ataque de los japoneses a Pear Harbor creando un caos en la vida de los occidentales del Viejo y Nuevo Mundo. Aunque Puerto Rico no fue blanco de ataques, indirectamente se perjudicó con la guerra, sobre todo, porque los alemanes torpedeaban a los barcos americanos que traficaban por el Mar Caribe para mantener el comercio de víveres y todo tipo de alimentos para Puerto Rico y las islas caribeñas en general. Aunque era niño recuerdo vívidamente como se tocaba una sirena para avisar el peligro de bombardeo o el acercamiento a las costas de algún barco enemigo. Y era un peligro real. Ya saben ustedes que los alemanes hundieron el vapor Coamo donde murieron todos los continentales y boricuas que laboraban en él. Era un barco puramente comercial. Fue un desastre, una increíble tragedia.
Cada vez que un barco enemigo se acercaba a las costas de Puerto Rico, las madres aterradas tomaban a sus hijos para internarse en las montañas de los pueblos del interior por miedo a una invasión de alemanes. Durante esa época, la pesca diminuyó por razones obvias y los alimentos escaseaban. Comíamos legumbres, verduras, panapenes, lerenes, y todo lo que nuestra tierra producía. Pero se pasó hambre y fueron años de sacrificio y desventura. Recuerdo, como aún, después del armisticio, todavía había mucha necesidad en Puerto Rico.
Mi padre era el principal de la Segunda Unidad Escolar de Maguayo, su sueldo no llegaba a los 100 dólares, pero teníamos vivienda gratis porque el municipio proveía al director de escuela una casa libre de costos. Esa residencia la hubimos de abandonar porque mi padre era miembro del partido contrario que estaba en el poder y un funcionario político indecente presionó a mi padre para que abandonara la antigua casona de madera. Nos mudamos al pueblo, a la casa donde todavía vive mi señora madre que alborea los 91 años.
Una noche, en sus horas tempranas, llegó a la casa un matrimonio joven, amigos de mis padres. Hacía dos días no comían nada. Mi madre tenía al rescoldo para nuestra cena, dos flacas chuletas de cerdo, dos macarelas ahumadas saladas y tres pedazos de panapén hervido.
Mi padre, siempre caritativo y generoso decidió darles a la los visitantes la comida que era para mis hermana Casildita , Gathel, para mi y para ellos. Recuerdo la cara de júbilo de mis padres al dar todo lo que tenían. ¡ Dios proveerá! Dijo, y así fue, pues una vecina trajo unas galletas de sosa. Con un vaso de agua endulzada con melado de caña y las galletas de sosa pasamos hasta al otro día en la tarde cuando mi madre pudo agenciárselas con su familia para adquirir alimentos.
Hablar de poesía y de poetas en esa época, era cosa de algunos ensoñadores, sobre todo de las clases acomodadas. El pueblo no tenía cabeza para versos cuando tenía una catástrofe en las tripas del estómago. Ahora recuerdo aquella frase de Cervantes en el Quijote que decía: Sin el gobierno de las tripas, no hay república, Sancho. En otras palabras, muertos de hambre no podemos ni gobernar, ni filosofar, ni crear artes de ningún tipo. Y el que trata de ser poeta en circunstancias adversas se avoca a hacer el ridículo. El pueblo llano, se burla de los poetas porque al fin de cuentas no componen nada, no resuelven nada, no solucionan nada. Y digo, nada de nada. Por eso las clases populares dicen en forma de caricatura:
Tú que dices ser poeta
Y que todo lo compones….
El resto es un indecencia irrepetible. Averígüenla con sus padres maestros o amigos… Pero como dice el refrán, de músico poeta y loco, todos tenemos un poco. Sobre todo de locos.
Pero… qué es exactamente un poeta: Podría decir que un poeta es aquel ser humano que sabe identificar la belleza donde quiera que ésta se encuentre, en la naturaleza concreta o en las emociones abstractas. Es aquel que puede traducir sus emociones mediante el adecuado uso del lenguaje en estructuras lingüísticas de hermosura sin igual que pueden provocarnos emociones sobrecogedoras. Las emociones, se sienten sensorialmente, a través de los sentidos, es eso que ustedes dicen, “se me pararon los pelos” o “ me dieron escalofríos” ( la tautología es intencional). Pero la mayor parte de la veces, la emoción es una especie de inquietud intelectual que nos impele a crear motivados por la creación misma. A esa emoción que impulsa a la creación poética, algunos han llamado generalmente inspiración. Espigo unos versos de Bécquer para apoyarme, tomados de la rima III:
Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
Como huracán que empuja
Las olas en tropel;
…………………
…………………
actividad nerviosa
que no halla en qué emplearse;
caballo volador;
sin rienda que lo guíe
locura que el espíritu
exalta y enardece;
embriaguez divina
del regio creador…
¡ Tal es la inspiración!
Y es que los poetas parecen tener un tacto especial, a manera de una brújula y sensor muy refinado que los dirige hacia la belleza donde quiera que ésta habite, aunque sea de forma oculta. La belleza en su estado puro puede encontrarse en la naturaleza, en cualquier cosa, sitio, gesto o expresión. El poeta la traduce entonces en experiencia estética, la traduce mediante el lenguaje en belleza artificial. La belleza poética es siempre artificial, artificiosa. Nada natural. No es arte el paisaje que vemos en el amanecer desde un valle o una montaña. Es bello y placentero, pero no es artístico. Artísticos son los paisajes que pintó Ramón Frade, Miguel Pou, Francisco Oller, entre otros muchos.¡ El arte es belleza creada por el hombre! Poesía es belleza creada por el hombre a través del lenguaje.
Miss Univers no es más hermosa ni más bella que la Monalisa, la Giconda, de Leonardo. La Monalisa le lleva la ventaja de que es arte y ha perdurado seis siglos. La fiebre Porcina puede aniquilar a la belleza más contundente de la naturaleza, pero no a la del arte.
Y hemos hablado de los poetas, creadores de poemas. ¿Qué son pues, los poemas?
¿Qué es la poesía? A través de la historia ,la humanidad se hace constantemente la misma pregunta. En la España romántica del siglo XIX, un poeta que fue muy gustado por los puertorriqueños escribía sobre el asunto que nos ocupa lo siguiente:
¿Qué es poesía?– dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul –
¿ Qué es poesía? ¿ Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
Se trata de la rima número XXI de Gustavo Adolfo Bécquer, donde el poeta encuentra belleza en la mujer admirada y amada. Ella es poesía, pues ella es bella. Obsérvese que habla de poesía como sinónimo de belleza y no de poema, que es belleza creada mediante el verbo, mediante la palabra. Poesía significa, repito, toda la belleza que encontramos en la naturaleza.
A mi, personalmente me satisface la definición que el poeta español Juan Ramón Jiménez dio a Don Jaime Benítez, entonces rector de la Universidad de Puerto Rico. Para Juan Ramón: “poesía es lo inefable de lo absoluto”. En otras palabras, poesía es lo que no se puede decir de lo exacto, de lo perfecto. O mejor, tratar de decir lo que no se puede decir, lo inefable. De este intento llegamos a que lo poético son aproximaciones; de aquí la imagen, de aquí el símil, la metáfora, las figuras poéticas en general, las estructuras métricas.
Visto todo lo anterior, resulta que ser poeta o hacer poemas o ser artistas y hacer arte, no es nada fácil. Hay que dominar una técnica, hay que aprender, y sobre todo hay que cultivar la capacidad para sentir. Nadie que viva inmerso en la crasa vulgaridad podrá ser poeta. Un poeta, es un paracaídas de Dios, una antena de la colectividad, un ser especial que, por su sensibilidad es siempre proclive al sufrimiento al dolor al llanto… a la solidaridad con sus semejantes.
Pero un poeta puede crear felicidad y hacer felices a muchos, aunque los tilden de vagos y hasta de bohemios y atorrantes.
Una fábula les aclarará el valor y función importante de los artistas en la sociedad. Seguidamente les cuento la fábula aludida. Su autor, Samaniego:
LA CIGARRA Y LA HORMIGA Cantando la cigarra pasó el verano entero, sin hacer provisiones allá para el invierno. Los fríos la obligaron a guardar el silencio y acogerse al abrigo de su estrecho aposento. Vióse desproveída del precioso sustento, sin moscas, sin gusanos, sin trigo y sin centeno. Habitaba la hormiga allí tabique en medio, y con mil expresiones de atención y respeto le dijo: “Doña Hormiga, pues que en vuestros graneros sobran las provisiones para vuestro alimento, prestad alguna cosa con que viva este invierno esta triste cigarra que, alegre en otro tiempo, nunca conoció el daño, nunca supo temerlo. No dudéis en prestarme, que fielmente prometo pagaros con ganancias, por el nombre que tengo.” La codiciosa hormiga respondió con denuedo. ocultando a la espalda las llaves del granero: “¡Yo prestar lo que gano con un trabajo inmenso! Dime, pues, holgazana: ¿Que has hecho en el buen tiempo?” “Yo —dijo la cigarra—. A todo pasajero cantaba alegremente, sin cesar ni un momento. ¡Hola! ¿Con que cantabas cuando yo andaba al remo? ¡Pues ahora que yo como, baila, pese a tu cuerpo!
( Félix María Samaniego: España, 12 de octubre de 1745 y murió el 11 de agosto de 1801)
Mas en la versión romántica de la fábula, al final, la hormiga recapacita y se percata que había recogido todo un caudal de víveres, alimentos y madera para encender el fuego durante el invierno, gracias a que la cigarra alivió con su cántico, con su violín sonoro, las fatigas del tedioso y agotador trabajo.
Moraleja personal que derivé: Seamos como la hormiga de trabajadora, pero también como la cigarra generosa, que alegró y alivió con su canción las largas y tediosas horas de trabajo. Los poetas, los artistas, todos son, al igual que la cigarra, devotos de su arte, aunque parezcan a algunos insensibles truhanes y vagos. Pero sabemos que no es así. El Rey David cada vez que pulsaba su arpa de 7 cuerdas espantaba los males que asediaban al Rey Saúl. Sus salmos de alabanza han sido modelos para muchos poetas a través de la historia, desde los suyos propios hasta los del nicaragüense Ernesto Cardenal. No hay duda que el arte en necesario y la poesía ( lo poemático) es una de sus expresiones más logradas.
Escribir desde el exilio
Escribir desde el exilio
Iris M. Zavala
¡Amargo sabor, aquel que se extrae del viaje!
El mundo, monótono y pequeño, en el presente,
Ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen;
Un oasis de horror en un desierto de tedio!
¿Es menester partir? ¿Quedarse? Si te puedes quedar, quédate;
Parte, si es menester. Uno corre, el otro se oculta
Para engañar ese enemigo vigilante y funesto,
¡El Tiempo! El pertenece, a los corredores sin respiro,
Como el Judío Errante y como los apóstoles,
A quien nada basta, ni vagón ni navío…
Baudelaire
Exilio. Ante todo, la cuestión es irse, partir. Hacia dónde, parece secundario. Que el destino finalmente haya sido tal o cual lugar a veces es pura contingencia. Otras, acto de reflexión, deseo. El exilio no sólo remite al vínculo del ser humano con la tierra. Como ser del lenguaje, el exilio también remite al origen; el sujeto queda exiliado de su origen para siempre. Recuerdo la última frase de I malavoglia (Los malasangre), novela naturalista de Giovanni Verga que finaliza: E meraviglioso ritornare a casa, dove anche i sassi nos conoscono. El exilio se escribe en la medida en que se van situando los objetos perdidos hasta que al final se comprende la imposibilidad del retorno; o sea el reconocimiento de que hay algo perdido para siempre. Aludo al exilio en el sentido de ex-silire “saltar-fuera”, un acto subjetivo, que a veces puede ser la última posibilidad de poner un límite, de decir un No frente a un otro que goza.
Desde este exilio, desde este más allá, se hace una guerra sin cuartel contra la sociedad que condenó al ostracismo, al mismo tiempo que se añora. El exilio conlleva consigo algo de permanencia. Como ser del lenguaje, quedo exiliada de mi origen. Pero también, y esta es la paradoja, quien se fue, de alguna forma, lo hizo quedándose para siempre, pero acaba por edificar sus cimientos literarios lejos de casa. Entre esos dos lados, “el de acá y el de allá”, anduve indecisa entre mis recuerdos de niñez y amigos de infancia, y los peligros de la soledad, de no conocer a nadie.
Mi país escogido era la referencia, el lugar al que dirigir la mirada; Europa—ante todo España, con mayor precisión, Salamanca. Mi atalaya lejana y objetiva. Allí, están las tierras que conocí desde muy pequeña, siguiendo en un mapa los triunfos de República que mi único hermano tenía en la pared. Luego el regreso infortunado y triste a mi país una vez hice mis estudios de doctorado, padecí el ostracismo, una forma de exilio forzado, y luego una vez más el exilio: México, Nueva York, Paris, Londres, Holanda, Italia, ante todo Roma y Florencia… Alguna vez el horror, el tedio: descubrí también el “amargo sabor” del viaje que ya había revelado Baudelaire: ese exilio que es habitar, incluso durante el viaje, un oasis de horror perdido en un desierto de tedio. Finalmente España otra vez; como si llegase a casa. Salto que me arrastra del mar Caribe al Mediterráneo.
Viajar por el Mediterráneo nos conduce a varias civilizaciones, los pueblos del Mediterráneo (como los del Caribe), viven frente al mar, y son diversos, como diferentes son sus lenguas, removidas por la historia y en plena reconstrucción. El Caribe y el Mediterráneo no son tierras inconexas sino diversas culturas y lenguas que mantienen una identidad común, ontológica e histórica. Pero no hemos de unificar el Caribe; es plural, múltiple, aunque se tienda a uniformar por inercia teórica. Continúo mi viaje. Con el tiempo, resultan significativos los momentos en los que surge la lengua del exilio —la lengua del Otro. Puede ser tan solo una palabra, o una frase, una manera de pronunciar, o de mirar… He explorado otras tierras intentando recobrar la patria, que no puede sino perderse. Así pronto percibí que la única patria verdadera es la palabra, la lengua en que escribes. Quizá por ello mi escritura es distinta, ¡Amargo sabor, aquel que se extrae del viaje!, escribe Baudelaire.
Aprendí antes de la pubertad que el centro de gravedad es el fragmento, que trae al centro de la experiencia escritora las relaciones en el sujeto de la palabra y el lenguaje como sostén. Y ante todo, fragmento, cruce, trasvase de fronteras, mezcla de géneros, centrarse en el enunciado, renunciar a ser dueña del lenguaje, ser poseída por él, enfermarme por él. Situarme siempre en la frontera, lo lateral, lo inacabado, lo disperso; ese es el texto moderno, aquel que se aleja de cuantos siguen trabados con lo real inexorable. “Bocca di verità”, profunda como una gruta, renegrida, ronca de ser hablada y hablante, y encontrar solo caminos que se polifurcan y se reencuentran, borramiento radical. Orientarse hacia aquellas formas del discurso que abren a una situación y que por lo mismo conducen a una verdad distinta a la concepción tradicional. En último término, el modelo que me inspira es casi bíblico: para mí la palabra ilumina una situación e interviene en ella transformándola, por lo que tiene que ser interpretada y aplicada de maneras siempre nuevas en la historia.
Así me he alejado siempre de una literatura mediática que consiste en mantener la ilusión de una transparencia de la lengua. No, aspiro a traer la peste, una hybris cuya antífrasis y cuya negrura no apaguen su turbio resplandor. Sin apenas entenderlo, asimilé desde pequeña una imborrable lección: que dentro de una comprensión actúan dos conciencias y dos sujetos, lo que vemos son sujetos de los estilos de la lengua, las máscaras del autor y el autor propiamente dicho. Aprendí a escuchar voces, y que es imposible que un texto lo contenga todo. He dado un salto mortal, salto que explicará porque siempre he estado pasando por el filo de la navaja sin cortarme.
Creo que en cierto modo todos los escritores experimentamos la situación del judío errante, porque cada creador, vive en un exilio interior. La escritura, el lenguaje, el libro se convierten no sólo en el lugar donde puede encontrarse, sino también en el sitio donde puede descubrir su verdad, sugiere Paul Auster…Como dice J. Sgard, el exilio metafórico es aquel exilio originado en el mundo cotidiano, que provoca la necesidad de desarraigo. Sugiere construirse otra parte en la que podemos movernos libremente. Es decir, puedo siempre volver a Puerto Rico a través de mis personajes. La gran lección ha sido ser escritora fuera de mi tierra, porque convertí la página en blanco en mi única patria.
Emigrar de un país, separarse del círculo o desaparecer del ambiente habitual pueden convertirse en condiciones de supervivencia ante una nueva circunstancia. Ahora sé que realidad y ficción son interdependientes y todas nuestras acciones son ficciones inventadas. Lo ficticio depende de la realidad, pero no deriva de lo que hay. El mundo de la novela está creado tanto por lo vivido como por aquello posible de ser vivido, un mundo supuesto, un como si. Y concibo la escritura como un mundo como si, y sostengo que las obras de arte comparten con los enigmas la ambigüedad tensa entre determinación e indeterminación. Son signos de interrogación que no se hacen unívocos por síntesis. Esta es la escritura nómada que persigo. Pero vuelvo al principio.
No aludiré aquí y ahora a mi exilio casi forzado, ni remito ahora a un espacio o lugar, aludo al exilio interior, topología de la otredad; otredad que implica tanto “el otro espacio” cuanto “el otro tiempo”, y la escisión de la voz poética y también las emergencias del más allá en la figura de la muerte. El intertexto biográfico me permite nombrar, acercar lo que se ha ido, lo que ya no es. La voz poética accede a esta otredad desde un espacio escriturario que se puede designar como de pérdida. Ese lugar ya no es el mismo que añora, es un tiempo que sólo ha dejado recuerdos. Exilio interior o exterior, ético, que me ha permitido evitar las salpicaduras mortales del veneno que emanan siempre las famas literarias que pululan por los predios del poder.
De tal forma que la mía es una escritura del exilio dada por la relación entre exilio y otredad; esta tiende exclusivamente en la extensión de la palabra poética que vuelve a evocar las imágenes de lo ya vivido con la fuerza alegórica de la permanencia en la memoria, y con la fragilidad de los escuetos límites del lenguaje. Digamos que aludo a una dimensión del exilio que estrictamente tendría que ver con la otredad. Otredad que es una manifestación de un pasado, que como tal es irreversible, pero que continúa en las marcas de la escritura. Mar, viento, nubes, arena, sol, voces, movimientos, entonaciones, olores, sabores… marcan las heridas, la nostalgia.
La escritora que hay en mí me lleva a aislarme. He comprendido que el lugar de nacimiento de la novela es el individuo en su soledad, que ya no puede referirse a los hechos más importantes que lo afectan; que carece de orientación y que no puede dar consejo alguno. […] la novela nos hace saber cuál es la profunda desorientación de los seres humanos, leo en Walter Benjamín («El narrador», en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos. 1962). Se trata de aprender en la escucha, en el desarraigo. El interior es el refugio del arte. Estar en el libro. Estar en ese lugar, en esa morada siempre amenazada, con la pregunta por la posibilidad de pensar de otra manera, tal vez con el deseo de escribir para un mundo que falta… construido en otra parte en la que puedo moverme libremente. El carácter enigmático amenaza constantemente la experiencia de las obras. Si desaparece del todo en la experiencia, si ésta cree ser perfectamente consciente de la cosa en cuestión, entonces el enigma vuelve a abrir crudamente sus ojos. Así se mantiene la seriedad de las obras de arte, la que mira fijamente desde la obra y ha quedado oculta en el arte tradicional.
El exilio representa la condición de posibilidad de la creación artística. Cuando el país de origen queda lejos puede nacer la literatura; abandonar la patria es adquirir de golpe el derecho a la libertad artística. Siento que mi obra comienza en la nulidad. Ése fue el punto de partida de mi experiencia literaria. Ni mis precursores ni mi lenguaje me fueron impuestos por el peso de la tradición nacional, sino que los elegí libremente entre los grandes nombres de la literatura universal. Siempre he estado entre lenguas y entre ciudades, me siento habitante del margen y un francotirador que busca subterráneas correspondencias allí donde destacan las alteridades.
Puerto Rico es una ausencia, pero también una presencia: mi obra se nutre de cierto “sabor” caribe, especialmente de las vivencias de la infancia. Entre mis ídolos, encabezan el panteón Platón y Dante, el primero base del pensamiento occidental, el italiano es el creador de una lengua y una tradición que soslaya el ‘latín oficial’. El arte es para mí la apoteosis de la soledad. No hay comunicación, porque no hay vehículos para la comunicación; este es mi programa estético, el principio de mi creación literaria: creo que el arte y la ética son el máximo compromiso que se le puede exigir a un ser humano.
Podemos entender «la inmensidad del exilio», en palabras de María Zambrano, porque no hay horizonte que lo contenga. Y se desarrolla, poco a poco, una poética. Exilio es estar en ninguna parte. Vivir en el exilio es estar obligado a un despego nacional, emocional y cultural. Aunque liberarse del origen sea emancipador, todos mis personajes cargan esa semilla a cuestas. Como recreadora de mundos fingidos, cuento con versiones de los acontecimientos humanos a partir de una óptica exclusiva y fuera de foco, una realidad que se apoya frágilmente en una visión subjetiva de un momento histórico y político específicos. Esta me permite transformar la ruptura con el origen en una figura de fusión entre lo perdido y lo encontrado. Así, las construcciones ontológicas que articulo son distintas, pero se despliegan en la complicidad de un pensamiento amigo que se pregunta por la posibilidad de pensar de otra manera, tal vez escribir para un pueblo que falta…
El exilio es un estado de ánimo cuyas emociones y valores responden a la ruptura y separación como condiciones en sí mismas. Vivir aparte es adherirse a nuevos valores que están separados de los valores predominantes; aquel que percibe esta diferencia ética y que responde a ella emocionalmente vive en exilio. La escritura, entonces, es una escritura del exilio dada por la relación entre exilio y otredad; se extiende a través de la palabra poética que vuelve a evocar las imágenes de lo ya vivido con la fuerza alegórica de la permanencia en la memoria, y con la fragilidad de los escuetos límites del lenguaje. Digamos que es una dimensión del exilio que estrictamente tendría que ver con la otredad, manifestación de un pasado irreversible, pero que continúa en las marcas de la escritura. El espacio y el tiempo se vuelven insólitos en los movimientos inéditos de correr para no obstante encontrarme siempre en el mismo lugar, caminar en sentido opuesto para aproximarme.
En mi escritura siempre rondo el mar y busco la entonación, el ritmo, lalengua… que marcan los recuerdos con añoranza. El exilio no permite duelos terminados, heridas cicatrizadas, olvidos consoladores. Hace presente sus heridas a través de la escritura, de esa experiencia de la lengua tan dolorosamente específica. Aludo a una errancia que no es el viaje cómodo y comodificado de la globalización, sino la condición de “falta de mundo” o de “acosmia”. Esta distancia me permite una perspectiva descentrada para poder mirar y escribir de mi país de manera crítica; exilio voluntario, provocado por el ambiente hostil de una sociedad cerrada. Estoy con Dante que opinaba que el ser exiliado era un honor.
Lo que ocupa el primer plano en esta escritura del exilio interior es lo nuevo, el pensamiento fronterizo, la mirada exotópica, la mirada anamórfica —el laicismo total, el internacionalismo, el juego de planos. Escribir es una cuestión de devenir, siempre incompleto, siempre en el medio de algo que está siendo formado, y va más allá de la materia de cualquier experiencia vivida o vivible. Creo que el exilio que nombro se puede comprender mejor a la luz de Deleuze; propone que la creación surge de la proximidad, de un espacio de indiferenciación con lo otro desde el cual podemos devenir efectivamente otra cosa.
A la imagen de un “genio” aislado que lucha por expresar su “fantasmas” se contrapone, entonces la imagen de una persona que es capaz de abolir sus fronteras y disolverse en lo otro. El lugar de enunciación “lúcido” es el que corresponde al dominado, al que se “agita sin cesar” debajo de la opresión, resistiendo; imaginando desde allí una completud de la que carece. “El objetivo último de la literatura es liberar, en el delirio, la creación de la salud, la invención de un pueblo que es una posibilidad de vida”.
Continúo… La vergüenza de ser un ser humano, ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir? El problema es justamente cómo enfrentarse con la sociedad pacata en el dominio ético. Y debo insistir que la ética está estrechamente ligada a la relación entre los sexos: al respeto, al pudor, a la vergüenza. Prosigamos. La escritura nos introduce a una nueva dimensión de la experiencia. Hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro y dándonos la presencia de un ser, de determinada relación fundamental, lo hace nuestro también. La poesía hace que no podamos dudar de la autenticidad de la experiencia de San Juan de la Cruz, ni de Proust, ni de Gerard de Nerval. La poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo, en palabras de Lacan. Finalmente, crea con su obra un nuevo orden de relación simbólica, marcando una época, trascendiendo los siglos. Sin duda, que este Arte como invención de un artificio, produce un acontecimiento, como portador efectivo de nuevas verdades.
En el hermoso texto Política del exilio (2000), Giorgo Agamben asegura que el refugiado y el exiliado deben considerarse por lo que son, es decir, ni más ni menos que un concepto límite que pone en crisis radical las categorías fundamentales de la nación-Estado, desde el nexo nacimiento-nación hasta el hombre-ciudadano, y que por lo tanto permite despejar el camino hacia una renovación de categorías ya improrrogable que cuestiona la misma adscripción de la vida al ordenamiento jurídico. Plantea así el no-lugar del exilio como un espacio utópico o atópico desde el cual se podría repensar la política misma, sugiere Agamben. El estado del exiliado es a manera de indicio de la singularidad de la vida, más allá de la condición de ser ciudadano o ser humano –es decir, más allá de las vidas políticas y politizables. Es lo que él llama, en palabras de Walter Benjamín, un estado de excepción. La vida se conciba como un permanente estado de excepción, como una alerta para el salto a la salvación.
Continúo. Al pasado sólo puede retenérsele como imagen que relampaguea, para nunca más ser vista, en el instante de su cognoscibilidad. Agamben piensa en el exilio como “un medio sin fin”, comparable a la comunicabilidad sin comunicación, a la mudez, que describe Benjamín. La pérdida de la lengua, su ritmo, su entonación, porque lenguaje humano no es el único que existe, hay también un “lenguaje de las cosas”. Afino. Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro.
Más nítido aún. Arrancada de su contexto, la palabra ya no dice nada de su supuesta utilidad originaria, ni de la intención a la que en un principio debía responder, escapa a toda intención para entregarse a la celebración de su verdad, a la manifestación de su belleza, para entregarse a esa celebración que es pura expresión, pura comunicación. En su descontextualización el lenguaje se ve liberado de la opresión avasalladora de una voluntad que en el clamor del uso silencia a la lengua y condena a la palabra a ser mero instrumento, herramienta de una arrogancia; se libera de su valoración utilitaria para ser rescatada como valor, en la gratuidad de su pura exposición, en rutilantes palabras benjaminianas.
Este exilio desde el cual escribo permite que mi lengua se esfuerce en alcanzar caminos indirectos, y este camino es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas ni en el lenguaje. Todo es búsqueda, deseo. La sintaxis es el conjunto de caminos indirectos creados en cada ocasión para poner de manifiesto la vida en las cosas. Aludo a una literatura que no forma parte de un idioma menor, sino “la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor”, como el caso de Kafka.
Finalmente, la tarea de escribir, en el espacio solitario de la literatura, es ausentarse del tiempo histórico, es situarse en un lugar paralelo al Real, el de la ficción, donde soy el otro, soy ella, ya que me despersonalizo para crear una literatura inacabada, intertextual y difícil de encauzar en una sola línea. Allí aparece la experiencia del exilio que me provoca una lucha entre la memoria y la realidad, la ficción y la realidad. ¿Quién escribe? ¿Qué “yo” es el yo de la escritura? ¿De dónde surge la construcción del texto? ¿Qué o quien lo sustenta? El libro cumple con su mejor función al permitirle al lector adueñarse de ese dolor creativo de la incertidumbre. Busco la escritura como arte, o sea: la escritura capaz de hacer preguntas bien colocadas, sin pretender llegar a respuestas o soluciones. Y de esta lucha con el enigma y con el vacío del exilio surge mi discurso.
