RSS Feed
mar 15

Evening in Paris

Publicado por: Marcelino Canino el Martes, marzo 15, 2011 en Cuentos, Prosa

EVENING IN PARIS
Marcelino Canino Salgado

Para mi hermana Casilda Guadalupe

 

Todos los días, a las tres de la tarde, mi abuela doña Guadalupe del Carmen Nevares Ayala y Ponce de León, salía de la ducha con su bata blanca de hilo y botones de nácar. Su  rubia cabellera como la de Lady Godiva le llegaba un poco más a bajo de las caderas. Entonces, frente al ropero de dos lunas ovaladas comenzaba el ritual: Terminaba de secar su cabello y comenzaba a desenredarlo con un cepillo de cerdas naturales. Luego empezaba a tejer sus trenzas y, finalmente levantaba sobre su augusta cabeza un moño muy recogido que, en cierta medida era la enseña de su matriarcado. Abuela era una matriarca a la que todos respetaban, obedecían y hasta temían. Después de este ritual, seguía otro de más refinamiento al que yo, niño de 5 años observaba con embelezo. En la primer tablilla del ropero mi abuela tenía su  discreto estuche de los productos Evening in Paris: Polvo Talco, colonia, y perfume. No sé, ni nunca lo he sabido, por qué aquel ritual diario me absorbía totalmente. Sobre todo aquel sortilegio avasallante cuando mi silenciosa abuela se perfumaba con aquella esencia angelical. El perfume venía envasado  en un frasco azul cobalto en forma de lágrima, una ampolleta de casi dos pulgadas y media, con un tapón de pasta  de baquelita dorada con una cinta de hilos igualmente dorados alrededor del cuello de la pequeña botella. Tan pronto mi abuela terminaba de acicalarse, con su dedo índice, y a manera de gracia me untaba, cerca de mi oreja derecha un poquitín de aquella esencia divina que me hacía caer casi en un trance espiritual.

Cerca de las 3:30 PM, mi abuela servía a todos sus nietos y nietas la merienda de café con pan y mantequilla danesa y, cuando había los recursos y se conseguía, paladeábamos  una maravillosa lonja de jamón cocido, tan fino que podía mirarse al trasluz. A pesar del ajetreo de la cocina, y como usaba delantal, doña Lupe se mantenía impoluta. Ya al anochecer, volvía a refrescarse y a ponerse un poco de polvo talco de la marca referida. La casa siempre estaba bien alhajada pues mi tía era la telefonista  del pueblo y tenía un sueldo seguro; además, doña Guadalupe, que había enviudado y quedado sola con  tres hijas pequeñas y un hijo de crianza, era muy emprendedora, de lo que heredó de su madre conservó unas tres vacas las que pastoreaba Cristóbal, su hijo adoptivo. Por otro lado, la tía Cambucha, solía proteger a sus dos queridas sobrinas y se encargó de acrecentarles el menguado caudal de herencia que les quedaba. Mi abuela y su hermana, la afanosa y casta tía Elvira, tití Villa, -como nos enseñaron a llamarla-, nos habían acostumbrado a desarrollar buenos modales en la mesa, a estar inmaculadamente limpios y bien vestidos. No obstante, para estar cerca de la línea de la pobreza nunca nos faltó lo esencial y a mi, no sé por qué, la tía Elvira me trató siempre como a un príncipe.

Recuerdo que en una Navidad, mientras mi abuela ayudaba a tía Elvira a  adornar el arbolito de tintillo, aproveché la ocasión que se me brindaba tan propicia, me atreví abrir el ropero de la abuela y curiosear en el estuche plateado y jaspeado de azul donde estaban los productos Evening in Paris. Sin encomendarme a nadie abrí el seductor frasco de la esencia, pero al escuchar pasos y saber que hacía algo no del agrado de mi abuela, la  hermosa cápsula de azul cobalto fue a parar al suelo haciéndose añicos e impregnando toda la alcoba de aquel perfume embriagante, tenue y seductor.

Mis neuronas grabaron aquel perfume para siempre en mi conciencia de niño. Era como un amable fantasma que me perseguía por instantes a través de toda mi vida.

Mi abuela, impávida, dijo: “No te apures, eso pasa por ser averiguado, no vuelvas a hacerlo. Aunque todavía me  queda otro frasco, cuando seas grande tendrás que regalarme un perfume igual…” La serenidad de mi abuela, su media sonrisa y el aroma que  se esparcía física y psíquicamente por todo mi ser no se borraron nunca de mi cándida alma de niño “averiguado”.

Como por arte de magia, todas las navidades venía a mi alma el recuerdo del perfume Evening in Paris y consiguientemente las figuras de mi abuela y mi tía. Crecí, estudié, trabajé y traté de descubrir el embrollo misterioso de la vida… ese misterio insondable que nos asfixia increíblemente y nos hace perder tanto tiempo, porque la vida merece vivirse sin sufrir demasiado. Pasaron los años y por un accidente de la vida y la generosidad de una buena señora que fue mi profesora de arte moderno, llegué a enseñar en la Universidad.

Una mañana, casi al final de curso, mientras hacía mis horas de oficina, el aire acondicionado central quedó fuera de servicio y no hubo más remedio que abrir la puerta que daba al pasillo central. La eterna algarabía de los estudiantes, el ajetreo de los cambios de clase, las vocinglerías de unos y otros hacían olvidar el sofoco de la tórrida calor. De momento mi olfato se despertó ante un aroma que era el mismo Evening in Paris. Salí corriendo de mi oficina tras el grupo de niñas desde donde emergía el místico aroma, pero había tantas personas en el pasillo que niñas y perfume se esfumaron tan pronto como mis esperanzas de ser hombre acaudalado.  Eran los inicios de la década de los 70 y mi abuela, octogenaria, recordó el perfume… Una tarde me dijo: “No te olvides de mi perfume”. Desde ese momento hice todo lo posible por complacer a mi amada abuelita. Después de investigar con ciertas damas de la localidad sobre el perfume mencionado, averigüé sobre sus fabricantes. Llamé a los que habían sido los distribuidores del mismo en Puerto Rico. Amablemente, la administradora de la firma me explicó que Evening in Paris era fabricado por la Casa Bourjois de Paris, la que tenía subsidiarias en New York y en Cuba, pero que ese perfume en específico había sido descontinuado pues la Food and Drugs Administration de USA había prohibido su fabricación por razones de salud pues se dudaba de algunos de sus componentes químicos y ya cerca de 1965 era casi imposible conseguir un frasco del que fuera un popular perfume entre las señoras de la clase media y media alta. Sin perder las esperanzas moví mis amigos en Cuba, pero nada, nada de nada… En Nueva York, mucho menos. Mis hermanas emprendieron viajes por las Islas Vírgenes para tratar de conseguir el preciado perfume y alegrarme. Igualmente el esfuerzo fue nulo. Entonces me aventuré a escribir a la Casa Bourjois de Paris. Con simpatía me explicaron que era imposible conseguir siquiera un envase o una muestra del apetecido aroma. Pero no perdí la ilusión. Pasaron los años y mi abuelita hizo su viaje definitivo al país donde las flores nunca se marchitan y los arrayanes siempre están florecidos junto a los jazmines y a los rosales. El pensamiento me trajo algo de consuelo.

Casi todos los días de mi vida, desde niño y en mi madurez he pensado en el pomo de Evening in Paris de mi abuela, en la pulcritud de su figura cuando se empolvaba… Muchas veces sentía colarse por las persianas de mi hogar un aroma extraño que me hacía sentirla cerca y recordarla. “ Es abuela” siempre me digo… “Ha venido a visitarme”.

Una tarde, al regreso de un viaje de visita a sus hijos en los EEUU, mi hermana mayor, que lleva en segundo lugar el nombre de nuestra abuela materna, al saludarme me dijo sonreída: “ Te conseguí en un Flee Market en USA un frasco de Evening in Paris, solo queda un poco, pero todavía huele”. Me llené de un regocijo no demostrado. Era una botella de  colonia, no del perfume que venía envasado como en una  especie ampolleta exagonal de sólido cristal azul cobalto. “Pero algo es algo”, me decía. Cuando mi hermana me entregó el preciado regalo y olí la colonia, mis sentidos fueron ajustándose poco a poco y fueron rectificando mi memoria… ¡Sí, era el perfume de abuela, de abuela Lupe! En su memoria, quise reproducir el ritual: ducha fresca a las tres de la tarde, polvo talco y finalmente, finalmente Evenig in Paris y una furtiva lágrima como una ampolleta de amor….

Share
ene 9

Alter, Vallejo y yo

Publicado por: Marcelino Canino el Domingo, enero 9, 2011 en Cuentos, Narrativa

Alter, Vallejo y yo
Marcelino Canino Salgado
 
 
“A veces  en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.”
( Arte poética, Borges,  El hacedor, )

 

“Eres el otro yo del que habla el griego
y acechas desde siempre. En la tersura
del agua incierta o del cristal que dura;
me buscas y es inútil estar ciego.”
(J. L. Borges, Al espejo)

 
Aquella noche llovía a cántaros, y el viento rugía estrepitosamente. Recordé a Wuthering Heights y me sonreí con melancolía. Siempre pensé que aquella novela era emblemática de los amores imposibles y obcecados. En cierto modo aquella narración había marcado la segunda mitad de mi vida consciente cuando ya empiezas a sentir repugnancia por muchas de las extravagancias de Darío. Pensé que debía hacer unos apuntes sobre lo que pensaba, pues al otro día reuniría al grupo de estudiantes del curso de Crítica literaria que dictaba en la Universidad. Aunque la mayor parte de alumnos eran conspicuamente inteligentes, les faltaba pasión para entusiasmarse por estos temas. Casi todos habían sucumbido ante las seducciones del estructuralismo crítico literario, y otros ya se habían convertido en fieles e inclaudicables adeptos de la sociología de la literatura. Pero yo cumplía al pie de la letra con el programa del curso y en pocas ocasiones intenté disuadirlos. Yo también tuve mis flaquezas en los periodos de formación. Sucediera lo que sucediese, cumpliría con el curso tal y cual estaba diseñado… Tranquilo con mi decisión me fui  a la cama, esta vez me burlaba de Nervo y el morbo de su inmóvil amada que nunca me pareció tal. El narcótico medicamento me llevó hasta confines lejanos y desde ese momento en que creí haberme abandonado en la plena inconsciencia no recordé nada más hasta que sonó fiel e imprudente la campanilla del Westclock.

Ya a las 4 de la madrugada estaba de pie y camino a la ducha. El ritual era siempre el mismo: impecable aseo, desayuno frugal ( pues a las diez tomaría una merienda), y, una vez vestido y hecho el lazo de la corbata, procedía a otro ritual muy importante para mi: peinarme cuidadosamente, perfumarme con aromas cítricos o de lavanda y hasta sándalo de la India. Siempre recordaba aquella frase  etopéyica de mi padre que, cuando pretendían herirlo u ofenderlo decía: “Yo, yo soy como el sándalo que perfuma con su savia al hacha que le hiere”. El público lo aplaudía muchísimo, mas para mi era una triste confesión de su profunda incapacidad para defenderse de sus agresores.  Sumido en el más trapense de los silencios pensaba que jamás sería como él. Creía que uno, solo tenía dos mejillas, a la tercer ofensa había que demoler al adversario. No fueron pocas las ocasiones en que me sentí sándalo herido. Y si algunas personas se perfumaron con mi savia, no fue intencionalmente.

Terminados los rituales, tomé la mochila con los libros de textos, etc., revisé toda la casa, me fui a la cochera, y desde ahí me dirigí a la Universidad que estaba localizada en la ciudad de Río Piedras a unos 40 ó 45 minutos con vía franca y, quizás, menos.

Todavía seguía lloviendo y era natural que ese día el tránsito transcurriera más lento que de costumbre. A la salida del pueblo siempre me esperaba un joven estudiante universitario a quien cordialmente le hacía el favor de llevarlo a la Universidad. Era una persona afable, muy callado y sencillo. Para mi no era nada problemático el darle “pon” como los estudiantes denominan a un aventón, el hitch hike de los norteamericanos. Se convirtió en una especie de casi -silente compañía.

Al reducir la marcha del auto, en la zona donde solía recoger al joven estudiante, no logré divisarlo por ningún rincón. Como llovía copiosamente pensé que se había quedado dormido. De pronto sonó mi teléfono móvil y al contestar me percaté que era la señora madre del estudiante que, disculpándose por el hijo, me comunicó que éste estaba ardiendo de la fiebre a causa de la gripe y no asistiría a la Universidad; me suplicó, además, que lo excusara con sus profesores a quienes yo conocía. Durante la llamada, casi sincrónicamente, me había detenido ante la luz roja del semáforo que queda a la salida del pequeño pueblo. Lamenté la falta de compañía y, como sustituto, decidí escuchar la radio. Pero mi cabeza estaba tan ocupada pensando no sé en qué cosas que solo podía compararse a un manicomio de pájaros cantando un aria de Rossini. Fue entonces que desde el  asiento delantero acompañante escuché un tenue voz que me decía: ¿No va usted a escuchar el concierto matinal? Era una voz muy familiar, entrañablemente familiar… Pero al mirar hacia el asiento no vi absolutamente nada; además, mi mochila estaba sobre el asiento, así que supuse que eran voces imaginadas. Por el espejo retrovisor eché una mirada y tampoco había persona alguna. Sintonicé la emisora acostumbrada y ya estaba casi al finalizar el primer movimiento de  la Cuarta sinfonía de Brahms.  Pensé que me vendría bien a mi ánimo un poco confuso una inspiración teutónica, romántica, enardecedora y contradictoriamente lírica… Mientras pensaba y ajustaba el volumen de la radio, escucho nuevamente la afable voz del emisor misterioso. “Buen comienzo para un día tan lluvioso”. Recuerdo que una mañana parecida recitó aquel poema de César Vallejo que decía… “ Me moriré en Paris con aguacero…”  y, desde ese punto, junto a aquella voz, casi al unísono, seguí los versos…

un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

Las dos voces callaron por un largo instante… Hasta que la profunda voz amiga, me requirió: ¿ Y no va usted a explicarme el poema como suele hacerlo? Entonces reí a carcajadas  y me sonrojé al sentir la franqueza con la que aquella voz disparaba a quemarropa todo lo que sentía. Parecía no tener inhibiciones. Pero de inmediato pensé que sí las tenía, pues noté que seleccionaba cuidadosamente el léxico que utilizaba en sus expresiones. Y si seleccionaba, el acervo sería lo suficientemente amplio como para seleccionar… Todo este proceder me dio mala espina y guardé silencio.

–¡Contésteme!, me requirió enfático, pero amable…

Entonces le dije: Solo te brindaré mi opinión sencilla y sin complicaciones. A lo que la voz, con un poco de sorna dijo: Pues vamos maestro, mis oídos son suyos, lo que no implica que los suyos son mis oídos…

Pues bien, comencé… El poema es un soneto postmodernista pues la configuración de las rimas rompe con los patrones clásicos establecidos en el castellano por  Juan de  Boscán y Garcilaso de la Vega.  La asonancia de las rimas es curiosa pues remite la imaginación del lector a universos semánticos y etimológicos afectivos…  Se da en éste el fenómeno que Roman Jackobson denominó homoteleusis  asociativa. ¿ Comprendes?

–¡ Claro, maestro, usted explica muy bien!

–Gracias, pero no te prodigues… Ya sé que sabes que me encanta que me adulen, ja, ja, já, debilidad mía, de mi exacerbada megalomanía….

Seguidamente el  amable pasajero añadió:

–Pero el tema de la pasión de Cristo es un convite a la humildad, una especie de antídoto mágico contra la soberbia… Es natural que en los medios intelectuales haya un poco y, a veces, demasiado soberbia. Recuerdo que hace un año ofreció usted una conferencia sobre “La soberbia en el infierno de Dante”. Todos sus colegas y el estudiantado estábamos arrobados y sobrecogidos por sus interpretaciones. Pero lo mejor de todo fue el final cuando dijo: “Acepto estos aplausos sin soberbia, humildemente, con ustedes me siento como una luminaria”. Y comenzó a reírse a carcajadas… Fue cómico y espontáneo. Siempre he creído en el arte de enseñar divirtiendo.¿ Le parece?

–Sí, es cierto, apunté. Y tú, al estar en el auditorio fuiste cómplice de aquel circo intelectual, o simplemente de aquel circo, donde todos somos como la reina mora, “la que a veces canta y otras veces llora”.

Mas si te parece bien, volvamos al poema. No  cabe la menor duda, como ya has observado, que el poeta se identifica con la pasión de Cristo: un Jueves Santo,  conocido como el jueves de la agonía, las alusiones  a la soga y al palo con que le pegaban, los huesos húmeros quebrados… todos sintagmas que aluden al dolor, al martirio… Todo resumido en los sintagmas soledad, lluvia, caminos…

Entonces la voz afablemente apuntó:

–“Sobre todo el sintagma soledad… Creo que no hay que ser poeta para percatarse de que la soledad es un estado agobiante, aniquilador del yo. ¿ Será que de esa forma ejemplar se nos invita a la congregación, a la solidaridad ecuménica?  ¿Tiene usted algún comentario pertinente sobre el asunto que no resulte religiosamente proselitista?  Pues he pensado que hasta el mismo título del poema apunta a nuestras almas como sepulcros blanqueados… ¿ No cree usted?

–Bien sabes que, aunque no soy ateo, rehúyo las congregaciones religiosas, sobre todo a las fundamentalistas, especializadas en enajenar conciencias y caudales… Sobre todo caudales. Logran que su seguidores desprecien las riquezas de la vida mundana, pero se hacen depositarios de las mismas. El soneto que nos ha ocupado todo este trayecto de diálogo ameno, lleva como título: Piedra negra sobre una piedra blanca el que establece marcados contrastes alusivos a parejas de contrarios: negro/blanco, paz/ guerra, violencia/ amor. Y lo de negro sobre blanco, no sé por qué me hace pensar en el yig-yan de los asiáticos…  Será porque en el soneto hay una búsqueda por el equilibrio, por la suprema paz que es Cristo.  ¿Te parece?

– Bueno, profesor, no he comprendido bien; mi formación no alcanza todavía a su cultura interpretativa.

– No se trata de cultura, ni de límites, sino de capacidad de análisis. Me parece que haces bien en no aceptar lo que no comprendes. Eso es elogiable. Ojalá las demás personas pensaran como tú… Un estudiante  y así los estudiosos en general deben cuestionarlo todo, hasta sus mismas ideas… La duda cartesiana y un poco más…

Por cierto, como no te he visto, y en esta oscuridad no te puedo ver bien, no sé quién eres; no me has dicho tu nombre ni hacia dónde te diriges, ya casi estamos cerca de  mi destino y no sé si te encaminas al mismo final…

– ¡Oh, ¡disculpe usted, profesor! Cuando detuvo su automóvil no pensé que buscaba a otra persona, y como llovía copiosamente deduje que me ofrecía  un aventón hasta la Universidad. Como es persona harto conocida no tuve miramientos y abordé su auto confiado en lo que pensé o había intuido.

–¡Sí…?

Mi nombre es Mího Alter y por eso las amistades más íntimas me llaman Mialter. Aunque como usted, tengo pocos amigos. Creo que debemos aprender a hacer amigos. No sé si Dale Carnegie escribió sobre ese particular. ¿ Lo ha leído usted, maestro?

–No, para nada, detesto a los escritores pragmáticos o seudo pragmáticos. Aquellos que dan recetas para alcanzar la felicidad. La felicidad no se alcanza, me parece… La llevamos dentro…

–¿ Cómo mi voz?

–¿A qué te refieres, joven amigo?

– Me refiero a ese rayo de luz interior que nos dice si estamos en el camino correcto, o si por el contrario vamos errando, comprende uste?

Y modulando mi voz añadí:

–Ahora existe en los Estados Unidos una sociedad de aficionados a la filosofía, todos profesionales, pero no filósofos, académicos que abogan por “menos Prozac y más Platón”. Consideran éstos señores que en el fondo se su ser, cada cual sabe qué los aqueja, y poseen la percepción  profunda de cómo enfrentar sus problemas psicológicos que, al fin de cuentas son conflictos espirituales… Por eso me causó risa tu pregunta. Tal vez un poco ingenua, pero sincera; sobre todo porque viene de un ser intangible como tú, amigo Alter. Al fin de cuentas fíjate hasta donde nos ha llevado un poema de Vallejo. ¡Un poema! “Lo inefable de lo absoluto”, casi tan intangible como el alma humana.

– Jajajajajaaj… Lo peor de todo es que  por la oscuridad no puedo verte para reírme frente a ti. Haz dicho un lugar común, uno de los lugares comunes predilectos de los estudiosos de la metafísica cuasi ocultista New Age… Pero lo importante aquí es si verdaderamente estás convencido o no de lo que sientes y expresas. Cuando uno articula verbalmente los pensamientos, entonces los incorpora a su ser. Así pues, en este caso, el proceso es a la inversa: de afuera hacia adentro en vez de adentro hacia a fuera. ¿ Cuál es el verdadero interior del hombre donde habita la verdad?  O mejor dicho: ¿ Dónde yace el interior del hombre?

–La dejo en tu cancha…  Sonreí maliciosamente, pero me sentí avergonzado de trivializar lo que tal vez era una duda seria y auténtica para Alter. Casi siempre creemos que poseemos la verdad y que somos los que tenemos indefectiblemente la razón. Parece como si la soberbia nos cubriese desde el nacimiento y que ésta fuera invulnerable ante las aguas del bautismo. ¡ Vaya usted a saber!

Entonces, como para reparar el agravio que sumió a Mialter en una cavilación, le  dije:  Ya estamos cerca de la Universidad,  ¿a dónde conviene quedarte? Seguidamente me contestó amablemente:

­ –Donde usted desee, Profesor… Mis clases no comienzan hasta las 7 am.  ¡Perfecto!

–Aparcaré en el estacionamiento de la Biblioteca General, entre el Museo de Antropología e Historia  y la Escuela de Comunicaciones. Te invitaré a desayunar, la lluvia , los aguaceros de hoy jueves me han despertado el hambre. Caminemos hasta la Cafetería.

Hicimos la fila de servicio como todos los demás universitarios. Tome café con leche, cereal y un jugo de uvas. Malter tomó exactamente lo mismo que yo. Nos sentamos en una mesa recoleta, frente a frente, mientras seguíamos hablando. En cierto modo parecía que me miraba en un espejo un poco empañado por la humedad de un jueves lluvioso. Era como mi misma imagen con eco. En ese instante sentí que esa sensación la había experimentado toda mi vida. De pronto algunos colegas saludaban desde lejos con  sus manos de palomas y ojos escrutadores, como sorprendidos. Entonces Alter se percató que me miraban con extrañeza y escuchó decir a una de las colegas : –“El pobre hace varias semanas no está bien de sus facultades mentales, dicen que actúa extrañamente desde la muerte de la que fuera su esposa hace unos meses… Es digno de compasión; vive solo, tal vez por eso se la pasa hablando con fantasmas, sobre todo, los días de lluvia…” Al percibir lo que escuchó mi joven interlocutor, me sonreí piadosamente. Recordé aquellos comentarios de Francisco de Sales sobre el rumor y la difamación. No me afligí por mi, sino por la colega que, además, años atrás  había sido una de mis alumnas en los cursos del Doctorado y había conseguido relacionarse muy bien con gente de poder para que la ayudaran a  obtener una plaza de profesora.

Alter se despidió de mi y quedamos en  encontrarnos a las 5 en punto de la tarde, cuando regresaríamos al pequeño pueblecito de donde procedíamos, donde los aguaceros de un jueves oscuro y silencioso atenuaban y purificaban a nuestras enardecidas almas … Y así,  ya todo está, los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día mi rostro fue dejando en los espejos y los que iré dejando todavía… ese adverbio  impaciente, que como aquel poeta, temo todavía, todavía, todavía…

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
( Borges, La lluvia)

Marcelino Juan Canino Salgado

1 y 2 de enero de 2011. Dorado, Puerto Rico

Share
feb 9

Monsieur Joseph (Marcelino Canino Salgado)

Publicado por: Marcelino Canino el Martes, febrero 9, 2010 en Cuentos, Prosa

monsiur

Monsieur Joseph

Marcelino Juan Canino Salgado

 

Sus guedejas, sus rubias y hermosas guedejas que fueron en el ayer, ahora estaban deslucidas y ajadas. Un turbante negro ocultaba  la frondosa selva de su cabello y ya comenzaban a notarse  en su noble rostro las manchas de los cuarenta. Hecha para algo más que la tina de lavar ropa, se había resignado  a la barra de Octagón azul y a la tabla de estregar. Su padre, pescador y herrero de oficio,  había hecho el viaje definitivo a la tierra de donde no regresan nunca jamás. Su madre había muerto de cólera hacía  varios años. Sus dos hermanos, aunque medio díscolos, seguían la tradición de cazar cangrejos de río para venderlos por unos pocos pesos a los más acaudalados del pueblecito. Y día a día, Antonia rezongaba como un rezo:“Ya estoy cansá de lava que lava, de estriega que estriega. Y luego los reclamos de la vieja esa tan exigente… “Que dejaste el cuello curtido, que no estregaste bien los puños de las camisas de vestir…que manchaste mi bata de seda con manteca…” ¡Carajo! Y si uno les pide seis reales por la labor, se escandalizan y piden rebaja. ¡Y todavía el curita nuevo quiere que deje mi otro oficio! ¡Pero si es lo único con lo que me gano algo para la bergamota, polvo de olor, colorete y un poco de sebo de Flandes. Yo también tengo derecho a lucir. Al quincallero le debo dos pesos por los collares de cuentas de cristal y las sandalias doradas, que… total, me quedan un poco ajustadas.”

Todas estas cosas pensaba y decía la buena de Antonia mientras lavaba ropas ajenas sin descansar. A veces parecía quedarse inmóvil mirando hacia el cielo. Pensaba en su juventud ida, en su doncellez hurtada por un machinero transeúnte. “ Dios mío tenía solo 13 años”. “Me engañó el malvado. Después don Carlos el boticario y sus dos hijos me prometían villas y castillas para que le abriera el recóndito tesoro de mi infelicidad”. ¡Cabrones, hijos de….. “No, eso ni lo pensaré ni lo diré jamás…porque yo lo soy, y aunque no he parido aún, Dios sabe lo que hace. Casi crié a mis hermanos”. Sus ojos se llenaron de lágrimas y siguió lavando la ropa ajena que estaba en la tina de madera con duelas de bocoyes. Mientras, continuó soñando con la fantasía del apuesto galán, de algún príncipe azul que regresara del ejército, le propusiera casamiento y la librara de cotidianas penurias. Estos ensueños locos, improbables para ella, le daban consuelo y la llenaban de tranquilidad, sosiego y paz.

Esa tarde se retiró temprano a su pequeña , pobre, mas refulgente casa.¡ Límpida como el cielo de verano! Ya había recogido la ropa que había tendido al sol, la acomodó sobre la mesa de esquina y se fue a asear para antes de dormir, leer un poco de la novela de entregas que le había prestado una de sus clientes a quien le  hacía la lavandería.

Por los rumores que corrían, Antonia no estaba ajena a la actividad comercial del pueblecito, y sabía que Rosario, su amiga y confidente, había preparado tres camas para alquilarlas a tres huéspedes obreros que trabajaban en la construcción del puente ferroviario. La compañía constructora era francesa y casi todos los empleados eran francófonos de las antillas de Guadalupe y Martinica, uno que otro de la Francia inmortal. Antonia recordó que, su padre de origen francés, había vivido en esas islas y desde allí hizo su traslado a Puerto Rico con su esposa. “Mi querida madre Juliette, que Dios tenga en el paraíso, amén”. De niña había aprendido con sus padres la lengua de Moliere y Víctor Hugo, la que “elle parlait comme un petit oiseau” pero nunca imaginó que aquellos conocimientos serían una puerta a la ilusión y una condena de su propio destino.

No bien se había acomodado en el sillón para comenzar la lectura, tocaron fuertemente en la puerta, mientras saludaban en perfecto francés: –“Bonnes, bonnes”. Antonia corrió a su habitación,  se recubrió rápidamente con un chal tejido que había heredado de su madre y se dirigió a la puerta mientras respondía, ya voy, ya voy, sea paciente… Sus ojos se iluminaron al ver que en el umbral había un joven blanco de ojos verdes y cabellos rizos, sedosos, negros como el azabache, bien acicalado… De inmediato percibió el aroma de lavanda de su colonia. Apenas tendría 22 años. Tenía un aire de encantadora inocencia y masculinidad que súbitamente cautivaron a Antonia. En perfecto y bien articulado francés lo convidó a entrar y a que tomara asiento. Él, con un gesto de agradecimiento se sentó en la mecedora y de inmediato dijo:–“Bons après-midí, mademoiselle, excusez moi, ce qui es inopportun, mais dan le projet, m’ ils on dit que vous saviez parler français, et je suis venu la connaìtre”. Antonia sonrió y seguidamente le preguntó si era casado, si tenía hijos, de cuál parte de Francia provenía; y a todo él contestó puntual y cortésmente. Un poco nervioso, del bolsillo trasero de su bien planchado pantalón de hilo irlandés, Joseph, que así se llamaba el joven, sacó una mediana cantimplora de cristal entorchada en filigrana de plata la que contenía un oscuro licor jamaiquino. Al destaparla, ofreció a Antonia un trago de aquel preciado brandi, pero ella rehusó la invitación, advirtiéndole que  no consumía bebidas alcohólicas. Pero seguidamente añadió: “Beba, beba usted en confianza”. El joven francés tímidamente empinó la botella y sorbió un largo trago anhelando enervarse, tal vez, para lograr un poco de la divina demencia de  la juventud. Antonia se percató de inmediato que aquella no era una visita de cortesía, pues notó cómo Joseph íbase sonrojando poco a poco y el volumen de su falda crecía aceleradamente como si se tratara de un soldado practicando lagartijas… Antonia no perdió tiempo y se fue a la habitación desnudose y se acomodó en la cama de hierro. El joven entendió y la siguió sin decir palabras, desvistiéndose como si la ropa fuera un impedimento para su respiración… Seguidamente como impelido por una fuerza descomunal se lanzó sobre el exquisito y aún lozano cuerpo de Antonia, la que ya estaba acostumbrada a tales embestidas juveniles. Casi de inmediato Antonia sintió un río de peces que humedecieron sus muslos sin que hubiera habido una cabal penetración de alma y cuerpo. Así comprendió que se trataba de un novato inexperto, al igual que había ocurrido con los hijos del boticario. El joven, como asustado, la miró con ojos de agradecimiento y se estiró al lado de Antonia. No pasaron diez minutos de insulsa y diplomática conversación cuando la buena mujer notó que Joseph estaba roncando… Con cuidado Antonia se incorporó y se fue a la habitación contigua para permitirle al joven dormir a sus anchas. Ella estaba cansada y dormía vigilantemente. Al otro día, a eso de las cinco de la madrugada, Joseph estaba frente a la puerta del otro dormitorio y ya con menos ímpetu volvió a la carga sobre la buena mujer. Esta vez fue más provechoso para ambos y Antonia quedó inmensamente complacida… Zorra amorosa, decidió prepararle desayuno, pero como era sábado y él no tenía que acudir al proyecto, ella se distendió para cautivarlo con ardores cortesanos. El brandi se agotó y fue necesario buscar el galón de pitorro curado que ella guardaba para obsequiar a las amistades en la Navidad. Pero Antonia sabía que su felicidad duraría poco, quizás hasta el domingo o lunes en la madrugada. No podía aceptar aquella sospecha producto de sus infelicidades anteriores. Su débil mente comenzó a poblarse de imágenes extrañas y grotescas. Recordó una novelita de horror que había leído hacía algunos años sobre la vida de Erzebeth Bathory quien enladrillaba a sus víctimas en su palacio. Pero su modesto hogar, aunque amplio y limpio no era un palacio. Si bien tenía tres habitaciones una sala-comedor y una cocina, siquiera tenía balcón para desde él contemplar la nada novedosa vida a la que estaba destinada y  sumida… “Mi casa es de madera, las ventanas son de celosías fijas como rejas permanentes, y la puerta tiene un buen pestillo exterior…” pensó atribulada… mientras Joseph dormía plácidamente rendido por los juegos del amor y las caricias del Baco puertorriqueño… Entonces como por arte de magia se fraguó en su cabeza un plan descabellado… “¡ Coño será mío, es mío, vino a mi y no dejaré que me lo quiten!” No bien estaba en estas cavilaciones sintió que la llamaban a la puerta. Era su amiga Rosario que pasaba por la angosta callejuela y se detuvo a saludarla. “¡Hace unos tres días que he notado la puerta cerrada y no has salido a barrer el frente como de costumbre! ¿Estás enferma?” dijo atenta a las expresiones del rostro de la  buena Antonia, quien no sabía mentir… “Mira, Rosario, por Dios, no comentes nada, pero tengo conmigo a un joven marchante francés de estadía indefinida. Ya tú sabes, después de eso, todos duermen como lirones”. Rosario comenzó a reír discretamente y le recordó que debía protegerse pues ya había varios casos de sífilis en el pueblo. A lo que Antonia respondió que este nuevo cliente era novato por lo que ella había observado y que pensaba que en él estaba cifrada su felicidad… “No te ilusiones demasiado”, argumentó Rosario que, aunque reducida a la obediencia de beata vieja, tuvo una vida muy experimentada en comercio de amores y sus juicios sobre este tipo de relación casi siempre eran certeros. Mas algo se quedó en la malicia de Rosario. Antonia estaba nerviosa, y el cliente no se veía por ningún lado. Al despedirse le dijo que si necesitaba algo la llamara sin miramiento alguno. “Para eso somos las amigas” añadió y siguió camino abajo.

La visita de Rosario advirtió a Antonia de futuras complicaciones. Sabía que la discreción no era el fuerte de aquélla. Así que decidió llevar acabo su plan. Puso el cerrojo exterior a la puerta de la habitación donde dormía Joseph y al éste despertarse  comprendió que estaba enjaulado. Pensó que sería una broma de Antonia, pero al correr del día se percató que toda la casa estaba cerrada herméticamente. Casi estuvo a punto de violentarse y romper todo lo que hallaba a su paso, pero los fulgores sensuales de las carnes de Antonia lo vencían arrebatadoramente. Sobre todo por las extrañas y aromáticas infusiones que ésta le hacia tomar… “¡El té de campana le hará olvidar que tiene que ir al proyecto de los monsiurses; el té de campana será mi aliado” pensaba insegura de sus actos, porque en el fondo de Antonia había un alma tan cándida como la del mismo Joseph, quien pensó en un momento de locura que Antonia era la misma bruja de Hansel y Gretel.  Pasaron los días y en el proyecto echaron de menos a Joseph. Fue entonces cuando los monsiurses comenzaron a preguntar a los parroquianos del pequeño pueblo si habían visto a un joven francés con tales señas. Los tres policías que componían la guarnición de orden público fueron casa por casa preguntando aquí y allá, hasta que se toparon con Rosario, quien casi iluminada los refirió a la casa de Antonia la lavandera. A punto de derribar la puerta estuvo la policía  hasta que la buena mujer la abrió y al ser interrogada por los guardias ésta negó que hubiera allí ningún francés. Mas los gendarmes la notaron nerviosa y entonces las sospechas se prendieron de cada uno de ellos quienes comenzaron a registrar la casa. Joseph estaba acomodado en un enorme arcón de madera y casi no podía moverse. Entonces los guardias se percataron de que del arcón salían gritos de desesperación, y al abrirlo, allí estaba el joven francés ya con barba crecida, pero bien alimentado y el rostro de susto como el de un conejo temeroso. A pesar de la extraña e inusitada situación, como los gendarmes no comprendían al francés, se limitaron a dejarlo ir y Antonia quedó libre porque no había pruebas suficientes para acusarla de cargos por el comercio más antiguo de la humanidad.

Acongojada y abatida Antonia entró en una triste depresión, enflaqueció, perdió parte de sus seductores encantos y solo, por recomendación de Rosario, fue a donde el padre cura que sin juzgarla la recibió con brazos abiertos en el seno de  la Iglesia. El proyecto del puente ferroviario llegó a su fin y los obreros extranjeros tomaron las de Villadiego. Antonia no cesaba de llorar por ella y por él, que solo en dos semanas le había proporcionado tanta felicidad. No tardó un año en que la salud de Antonia se deteriora por completo. Rosario y el sacerdote la atendieron diligentemente pues los hermanos de aquélla se habían enlistado en el ejército y se encontraban en el exterior. Antonia sufrió mucho en sus últimos días, a cada instante clamaba en francés: “ Joseph, Joseph, ven a mi, toma mi pobre corazón”. Tanto el buen padre cura como Rosario pensaban que se refería al casto José, patrón de la buena muerte… mas no estaban en lo cierto… Al fallecer Antonia, los hombres del pueblo le tributaron un entierro de primera y el señor cura le brindó una misa de requien con dobles, responsorio y túmulo. Rosario cerró la casa de Antonia y la cuidó con esmero hasta que regresaran sus hermanos del ejército.

A los tres años del deceso de Antonia, tocaron a la puerta de Rosario,  era un joven francés. Era Joseph que preguntaba por Antonia; había venido a buscarla, quería casarse con ella. Rosario irrumpió en llanto conmovida y relató a éste el triste final de su amiga. Joseph se estremeció de pena y dolor y le comentó a Rosario que con Antonia, su buena, limpia y noble Antonia, había conocido el amor…. Y casi sin poder con su cargada  maleta  pidió a Rosario que repartiese entre las mujeres humildes del pueblo los polvos de olor, las redomas de la lavanda y bergamota que traía para Antonia, pañuelos de seda, cortes de telas y cintas de colores para el tocado de  las cabelleras. Joseph se marchó cabizbajo y por en camino repetía como un planto moro: Antoine,  Antoine, mon cher Antoine…. Je sere  promptement avec toi…

Share