La fiebre policial
POR: JAMES R. CANTRE
policía.
(Del lat. politīa, y este del gr. πολιτεία).
1. f. Cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos, a las órdenes de las autoridades políticas.

ORTOGR. Escr. con may. inicial.
2. f. Buen orden que se observa y guarda en las ciudades y repúblicas, cumpliéndose las leyes u ordenanzas establecidas para su mejor gobierno.
3. f. Limpieza, aseo.
4. f. desus. Cortesía, buena crianza y urbanidad en el trato y costumbres.
5. com. Cada uno de los miembros del cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público.

Regresa nuevamente la fiebre policial.
Las imágenes hablan por sí solas, por tanto, me ahorraré el resumen de qué pasó el viernes 21 de agosto de 2009 e iré al grano. El país entero ha generalizado a la masa de personas que estaban en las calles de Río Piedras como estudiantes. La confrontación sucedida se ha reducido a una pugna: policías versus estudiantes. Pues bien, lo cierto es que me consta que no todas las personas involucradas eran estudiantes, pero como se ha generalizado a la contraposición de los “policías” como los estudiantes, me tomaré la licencia de hacer lo mismo con los mal llamados “policías”, y generalizaré.
Si leemos las cinco entradas que tiene el Diccionario de la Real Academia Española, nos percatamos que los analfabetas-letrados que ultrajaron la libertad de los estudiantes en la Ave. Universidad no merecen ser llamados policías. En ningún momento hubo, por parte de estos contenedores de anabólicos, ninguna intención de salvaguardar el orden público y la seguridad de los ciudadanos. Pero claro está, como las ejecutorias de esta pandilla, contagiada por la fiebre policial, responden a las órdenes de la autoridad gubernamental, es por esto que sucedió el motín. Primero porque no existe tal cosa como un Gobierno en Puerto Rico, y segundo, porque el desbarajuste que sucedió es una representación microcósmica de la enfermedad social de la que padece terminalmente el país.
En cuanto a la tercera entrada del diccionario, la pulcritud de la “policía” de Puerto Rico es nula. Es un secreto a voces que en la jerga de la calle se les nombra puercos a los policías, y no es fortuito, pues andan embarrando a los civiles con sus manos corruptas para que luego el Gobierno Central se las limpie. No es casualidad que en pleno debate sobre la hora de cierre propuesta por el Superintendente de la Policía, Figueroa Sancha, (el mismo que permitió el asesinato de Filiberto Ojeda Ríos y la coartación de la libertad de prensa en de Diego 444) suceda un evento como este. ¿A qué responde el interés de implantar hora cierre cuando es sabido, científicamente por estadísticas, que entre las 12:00 de la medianoche y las 12:00 del mediodía no es el periodo con mayor incidencia criminal?¹ Tampoco se puede ver como un caso aislado la recién renuncia del Presidente de la Universidad de Puerto Rico, tampoco la cantidad de plazas que han cerrado y los contratos no renovados a profesores universitarios. Lo cierto es que se le proporcionó a los “policías” el escenario perfecto para mostrarle al pueblo de lo que son capaces de hacer y dejar entrever el rumbo de la administración actual para con la Universidad. No perdamos de perspectiva el escenario: una persona irresponsable y ebria rebasó la frontera permitida para consumir bebidas alcohólicas. El resto es historia, o mejor dicho, histeria…
Definitivamente no se sigue que haya que combatir el lanzamiento de latas de cervezas e insultos (provocados por la misma “policía”) con macanas, gases lacrimógenos y abuso de poder, amedrentando tanto a nivel físico como psicológico, a diestra y siniestra, no tan sólo a la claque de embriagados, sino también a inocentes y residentes del lugar. De por cierto, el lanzamiento de latas hacia los uniformados fue producto del descontento por la manera en que se manejó la situación, y ante macanazos, con lo único que se podían defender los estudiantes era con latas, pero ¿cómo se justifica un batallón de contagiados uniformados para lidiar con varias personas en estado de embriaguez? ¿Cómo se justifica la disparidad de fuerza entre los estudiantes y los contagiados? ¿Cómo se justifica que esté todo un ejercito de contagiados, tanto enfermos estatales, como municipales, para combatir a dos o tres desvirtuados, mientras el crimen, el verdadero crimen organizado marchaba rampante por todo San Juan? ¿Qué podemos pensar del Gobierno cuando se toman represalias como estas en contra del sector universitario?
La justicia por definición desborda lo legal, pero en este país parece que la justicia y lo legal corren paralelamente sin que se intercepten en el camino. ¿Hasta dónde raya la línea que debemos respetar antes de reclamar nuestro derecho a la defensa propia contra un contagiado? No estamos hablando de dos o tres contagiados, estamos hablando del mismo colectivo que les salen colas enroscadas cuando entran la droga en las cárceles, se les tornan puntiagudos los cuajos cuando escoltan a los bichotes y se les achata el hocico cuando escoltan los cargamentos de droga. Cuando sujetan entre sus pezuñas sus falos-macanas cruzadamente entre sus pechos, solo resta correr antes del ¡oink! que precede a la micción de violencia. ¡Protejámonos de la porquería y protestémosla!
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¹Miguel Díaz Román, “A cualquier hora, en cualquier sitio”, en EL NUEVO DÍA, San Juan, núm. 14211, 2 de agosto de 2009, LA REVISTA, p. 14.

