RSS Feed
ene 9

Alter, Vallejo y yo

Publicado por: Marcelino Canino el Domingo, enero 9, 2011 en Cuentos, Narrativa

Alter, Vallejo y yo
Marcelino Canino Salgado
 
 
“A veces  en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.”
( Arte poética, Borges,  El hacedor, )

 

“Eres el otro yo del que habla el griego
y acechas desde siempre. En la tersura
del agua incierta o del cristal que dura;
me buscas y es inútil estar ciego.”
(J. L. Borges, Al espejo)

 
Aquella noche llovía a cántaros, y el viento rugía estrepitosamente. Recordé a Wuthering Heights y me sonreí con melancolía. Siempre pensé que aquella novela era emblemática de los amores imposibles y obcecados. En cierto modo aquella narración había marcado la segunda mitad de mi vida consciente cuando ya empiezas a sentir repugnancia por muchas de las extravagancias de Darío. Pensé que debía hacer unos apuntes sobre lo que pensaba, pues al otro día reuniría al grupo de estudiantes del curso de Crítica literaria que dictaba en la Universidad. Aunque la mayor parte de alumnos eran conspicuamente inteligentes, les faltaba pasión para entusiasmarse por estos temas. Casi todos habían sucumbido ante las seducciones del estructuralismo crítico literario, y otros ya se habían convertido en fieles e inclaudicables adeptos de la sociología de la literatura. Pero yo cumplía al pie de la letra con el programa del curso y en pocas ocasiones intenté disuadirlos. Yo también tuve mis flaquezas en los periodos de formación. Sucediera lo que sucediese, cumpliría con el curso tal y cual estaba diseñado… Tranquilo con mi decisión me fui  a la cama, esta vez me burlaba de Nervo y el morbo de su inmóvil amada que nunca me pareció tal. El narcótico medicamento me llevó hasta confines lejanos y desde ese momento en que creí haberme abandonado en la plena inconsciencia no recordé nada más hasta que sonó fiel e imprudente la campanilla del Westclock.

Ya a las 4 de la madrugada estaba de pie y camino a la ducha. El ritual era siempre el mismo: impecable aseo, desayuno frugal ( pues a las diez tomaría una merienda), y, una vez vestido y hecho el lazo de la corbata, procedía a otro ritual muy importante para mi: peinarme cuidadosamente, perfumarme con aromas cítricos o de lavanda y hasta sándalo de la India. Siempre recordaba aquella frase  etopéyica de mi padre que, cuando pretendían herirlo u ofenderlo decía: “Yo, yo soy como el sándalo que perfuma con su savia al hacha que le hiere”. El público lo aplaudía muchísimo, mas para mi era una triste confesión de su profunda incapacidad para defenderse de sus agresores.  Sumido en el más trapense de los silencios pensaba que jamás sería como él. Creía que uno, solo tenía dos mejillas, a la tercer ofensa había que demoler al adversario. No fueron pocas las ocasiones en que me sentí sándalo herido. Y si algunas personas se perfumaron con mi savia, no fue intencionalmente.

Terminados los rituales, tomé la mochila con los libros de textos, etc., revisé toda la casa, me fui a la cochera, y desde ahí me dirigí a la Universidad que estaba localizada en la ciudad de Río Piedras a unos 40 ó 45 minutos con vía franca y, quizás, menos.

Todavía seguía lloviendo y era natural que ese día el tránsito transcurriera más lento que de costumbre. A la salida del pueblo siempre me esperaba un joven estudiante universitario a quien cordialmente le hacía el favor de llevarlo a la Universidad. Era una persona afable, muy callado y sencillo. Para mi no era nada problemático el darle “pon” como los estudiantes denominan a un aventón, el hitch hike de los norteamericanos. Se convirtió en una especie de casi -silente compañía.

Al reducir la marcha del auto, en la zona donde solía recoger al joven estudiante, no logré divisarlo por ningún rincón. Como llovía copiosamente pensé que se había quedado dormido. De pronto sonó mi teléfono móvil y al contestar me percaté que era la señora madre del estudiante que, disculpándose por el hijo, me comunicó que éste estaba ardiendo de la fiebre a causa de la gripe y no asistiría a la Universidad; me suplicó, además, que lo excusara con sus profesores a quienes yo conocía. Durante la llamada, casi sincrónicamente, me había detenido ante la luz roja del semáforo que queda a la salida del pequeño pueblo. Lamenté la falta de compañía y, como sustituto, decidí escuchar la radio. Pero mi cabeza estaba tan ocupada pensando no sé en qué cosas que solo podía compararse a un manicomio de pájaros cantando un aria de Rossini. Fue entonces que desde el  asiento delantero acompañante escuché un tenue voz que me decía: ¿No va usted a escuchar el concierto matinal? Era una voz muy familiar, entrañablemente familiar… Pero al mirar hacia el asiento no vi absolutamente nada; además, mi mochila estaba sobre el asiento, así que supuse que eran voces imaginadas. Por el espejo retrovisor eché una mirada y tampoco había persona alguna. Sintonicé la emisora acostumbrada y ya estaba casi al finalizar el primer movimiento de  la Cuarta sinfonía de Brahms.  Pensé que me vendría bien a mi ánimo un poco confuso una inspiración teutónica, romántica, enardecedora y contradictoriamente lírica… Mientras pensaba y ajustaba el volumen de la radio, escucho nuevamente la afable voz del emisor misterioso. “Buen comienzo para un día tan lluvioso”. Recuerdo que una mañana parecida recitó aquel poema de César Vallejo que decía… “ Me moriré en Paris con aguacero…”  y, desde ese punto, junto a aquella voz, casi al unísono, seguí los versos…

un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

Las dos voces callaron por un largo instante… Hasta que la profunda voz amiga, me requirió: ¿ Y no va usted a explicarme el poema como suele hacerlo? Entonces reí a carcajadas  y me sonrojé al sentir la franqueza con la que aquella voz disparaba a quemarropa todo lo que sentía. Parecía no tener inhibiciones. Pero de inmediato pensé que sí las tenía, pues noté que seleccionaba cuidadosamente el léxico que utilizaba en sus expresiones. Y si seleccionaba, el acervo sería lo suficientemente amplio como para seleccionar… Todo este proceder me dio mala espina y guardé silencio.

–¡Contésteme!, me requirió enfático, pero amable…

Entonces le dije: Solo te brindaré mi opinión sencilla y sin complicaciones. A lo que la voz, con un poco de sorna dijo: Pues vamos maestro, mis oídos son suyos, lo que no implica que los suyos son mis oídos…

Pues bien, comencé… El poema es un soneto postmodernista pues la configuración de las rimas rompe con los patrones clásicos establecidos en el castellano por  Juan de  Boscán y Garcilaso de la Vega.  La asonancia de las rimas es curiosa pues remite la imaginación del lector a universos semánticos y etimológicos afectivos…  Se da en éste el fenómeno que Roman Jackobson denominó homoteleusis  asociativa. ¿ Comprendes?

–¡ Claro, maestro, usted explica muy bien!

–Gracias, pero no te prodigues… Ya sé que sabes que me encanta que me adulen, ja, ja, já, debilidad mía, de mi exacerbada megalomanía….

Seguidamente el  amable pasajero añadió:

–Pero el tema de la pasión de Cristo es un convite a la humildad, una especie de antídoto mágico contra la soberbia… Es natural que en los medios intelectuales haya un poco y, a veces, demasiado soberbia. Recuerdo que hace un año ofreció usted una conferencia sobre “La soberbia en el infierno de Dante”. Todos sus colegas y el estudiantado estábamos arrobados y sobrecogidos por sus interpretaciones. Pero lo mejor de todo fue el final cuando dijo: “Acepto estos aplausos sin soberbia, humildemente, con ustedes me siento como una luminaria”. Y comenzó a reírse a carcajadas… Fue cómico y espontáneo. Siempre he creído en el arte de enseñar divirtiendo.¿ Le parece?

–Sí, es cierto, apunté. Y tú, al estar en el auditorio fuiste cómplice de aquel circo intelectual, o simplemente de aquel circo, donde todos somos como la reina mora, “la que a veces canta y otras veces llora”.

Mas si te parece bien, volvamos al poema. No  cabe la menor duda, como ya has observado, que el poeta se identifica con la pasión de Cristo: un Jueves Santo,  conocido como el jueves de la agonía, las alusiones  a la soga y al palo con que le pegaban, los huesos húmeros quebrados… todos sintagmas que aluden al dolor, al martirio… Todo resumido en los sintagmas soledad, lluvia, caminos…

Entonces la voz afablemente apuntó:

–“Sobre todo el sintagma soledad… Creo que no hay que ser poeta para percatarse de que la soledad es un estado agobiante, aniquilador del yo. ¿ Será que de esa forma ejemplar se nos invita a la congregación, a la solidaridad ecuménica?  ¿Tiene usted algún comentario pertinente sobre el asunto que no resulte religiosamente proselitista?  Pues he pensado que hasta el mismo título del poema apunta a nuestras almas como sepulcros blanqueados… ¿ No cree usted?

–Bien sabes que, aunque no soy ateo, rehúyo las congregaciones religiosas, sobre todo a las fundamentalistas, especializadas en enajenar conciencias y caudales… Sobre todo caudales. Logran que su seguidores desprecien las riquezas de la vida mundana, pero se hacen depositarios de las mismas. El soneto que nos ha ocupado todo este trayecto de diálogo ameno, lleva como título: Piedra negra sobre una piedra blanca el que establece marcados contrastes alusivos a parejas de contrarios: negro/blanco, paz/ guerra, violencia/ amor. Y lo de negro sobre blanco, no sé por qué me hace pensar en el yig-yan de los asiáticos…  Será porque en el soneto hay una búsqueda por el equilibrio, por la suprema paz que es Cristo.  ¿Te parece?

– Bueno, profesor, no he comprendido bien; mi formación no alcanza todavía a su cultura interpretativa.

– No se trata de cultura, ni de límites, sino de capacidad de análisis. Me parece que haces bien en no aceptar lo que no comprendes. Eso es elogiable. Ojalá las demás personas pensaran como tú… Un estudiante  y así los estudiosos en general deben cuestionarlo todo, hasta sus mismas ideas… La duda cartesiana y un poco más…

Por cierto, como no te he visto, y en esta oscuridad no te puedo ver bien, no sé quién eres; no me has dicho tu nombre ni hacia dónde te diriges, ya casi estamos cerca de  mi destino y no sé si te encaminas al mismo final…

– ¡Oh, ¡disculpe usted, profesor! Cuando detuvo su automóvil no pensé que buscaba a otra persona, y como llovía copiosamente deduje que me ofrecía  un aventón hasta la Universidad. Como es persona harto conocida no tuve miramientos y abordé su auto confiado en lo que pensé o había intuido.

–¡Sí…?

Mi nombre es Mího Alter y por eso las amistades más íntimas me llaman Mialter. Aunque como usted, tengo pocos amigos. Creo que debemos aprender a hacer amigos. No sé si Dale Carnegie escribió sobre ese particular. ¿ Lo ha leído usted, maestro?

–No, para nada, detesto a los escritores pragmáticos o seudo pragmáticos. Aquellos que dan recetas para alcanzar la felicidad. La felicidad no se alcanza, me parece… La llevamos dentro…

–¿ Cómo mi voz?

–¿A qué te refieres, joven amigo?

– Me refiero a ese rayo de luz interior que nos dice si estamos en el camino correcto, o si por el contrario vamos errando, comprende uste?

Y modulando mi voz añadí:

–Ahora existe en los Estados Unidos una sociedad de aficionados a la filosofía, todos profesionales, pero no filósofos, académicos que abogan por “menos Prozac y más Platón”. Consideran éstos señores que en el fondo se su ser, cada cual sabe qué los aqueja, y poseen la percepción  profunda de cómo enfrentar sus problemas psicológicos que, al fin de cuentas son conflictos espirituales… Por eso me causó risa tu pregunta. Tal vez un poco ingenua, pero sincera; sobre todo porque viene de un ser intangible como tú, amigo Alter. Al fin de cuentas fíjate hasta donde nos ha llevado un poema de Vallejo. ¡Un poema! “Lo inefable de lo absoluto”, casi tan intangible como el alma humana.

– Jajajajajaaj… Lo peor de todo es que  por la oscuridad no puedo verte para reírme frente a ti. Haz dicho un lugar común, uno de los lugares comunes predilectos de los estudiosos de la metafísica cuasi ocultista New Age… Pero lo importante aquí es si verdaderamente estás convencido o no de lo que sientes y expresas. Cuando uno articula verbalmente los pensamientos, entonces los incorpora a su ser. Así pues, en este caso, el proceso es a la inversa: de afuera hacia adentro en vez de adentro hacia a fuera. ¿ Cuál es el verdadero interior del hombre donde habita la verdad?  O mejor dicho: ¿ Dónde yace el interior del hombre?

–La dejo en tu cancha…  Sonreí maliciosamente, pero me sentí avergonzado de trivializar lo que tal vez era una duda seria y auténtica para Alter. Casi siempre creemos que poseemos la verdad y que somos los que tenemos indefectiblemente la razón. Parece como si la soberbia nos cubriese desde el nacimiento y que ésta fuera invulnerable ante las aguas del bautismo. ¡ Vaya usted a saber!

Entonces, como para reparar el agravio que sumió a Mialter en una cavilación, le  dije:  Ya estamos cerca de la Universidad,  ¿a dónde conviene quedarte? Seguidamente me contestó amablemente:

­ –Donde usted desee, Profesor… Mis clases no comienzan hasta las 7 am.  ¡Perfecto!

–Aparcaré en el estacionamiento de la Biblioteca General, entre el Museo de Antropología e Historia  y la Escuela de Comunicaciones. Te invitaré a desayunar, la lluvia , los aguaceros de hoy jueves me han despertado el hambre. Caminemos hasta la Cafetería.

Hicimos la fila de servicio como todos los demás universitarios. Tome café con leche, cereal y un jugo de uvas. Malter tomó exactamente lo mismo que yo. Nos sentamos en una mesa recoleta, frente a frente, mientras seguíamos hablando. En cierto modo parecía que me miraba en un espejo un poco empañado por la humedad de un jueves lluvioso. Era como mi misma imagen con eco. En ese instante sentí que esa sensación la había experimentado toda mi vida. De pronto algunos colegas saludaban desde lejos con  sus manos de palomas y ojos escrutadores, como sorprendidos. Entonces Alter se percató que me miraban con extrañeza y escuchó decir a una de las colegas : –“El pobre hace varias semanas no está bien de sus facultades mentales, dicen que actúa extrañamente desde la muerte de la que fuera su esposa hace unos meses… Es digno de compasión; vive solo, tal vez por eso se la pasa hablando con fantasmas, sobre todo, los días de lluvia…” Al percibir lo que escuchó mi joven interlocutor, me sonreí piadosamente. Recordé aquellos comentarios de Francisco de Sales sobre el rumor y la difamación. No me afligí por mi, sino por la colega que, además, años atrás  había sido una de mis alumnas en los cursos del Doctorado y había conseguido relacionarse muy bien con gente de poder para que la ayudaran a  obtener una plaza de profesora.

Alter se despidió de mi y quedamos en  encontrarnos a las 5 en punto de la tarde, cuando regresaríamos al pequeño pueblecito de donde procedíamos, donde los aguaceros de un jueves oscuro y silencioso atenuaban y purificaban a nuestras enardecidas almas … Y así,  ya todo está, los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día mi rostro fue dejando en los espejos y los que iré dejando todavía… ese adverbio  impaciente, que como aquel poeta, temo todavía, todavía, todavía…

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
( Borges, La lluvia)

Marcelino Juan Canino Salgado

1 y 2 de enero de 2011. Dorado, Puerto Rico

Share