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mar 15

Evening in Paris

Publicado por: Marcelino Canino el Martes, marzo 15, 2011 en Cuentos, Prosa

EVENING IN PARIS
Marcelino Canino Salgado

Para mi hermana Casilda Guadalupe

 

Todos los días, a las tres de la tarde, mi abuela doña Guadalupe del Carmen Nevares Ayala y Ponce de León, salía de la ducha con su bata blanca de hilo y botones de nácar. Su  rubia cabellera como la de Lady Godiva le llegaba un poco más a bajo de las caderas. Entonces, frente al ropero de dos lunas ovaladas comenzaba el ritual: Terminaba de secar su cabello y comenzaba a desenredarlo con un cepillo de cerdas naturales. Luego empezaba a tejer sus trenzas y, finalmente levantaba sobre su augusta cabeza un moño muy recogido que, en cierta medida era la enseña de su matriarcado. Abuela era una matriarca a la que todos respetaban, obedecían y hasta temían. Después de este ritual, seguía otro de más refinamiento al que yo, niño de 5 años observaba con embelezo. En la primer tablilla del ropero mi abuela tenía su  discreto estuche de los productos Evening in Paris: Polvo Talco, colonia, y perfume. No sé, ni nunca lo he sabido, por qué aquel ritual diario me absorbía totalmente. Sobre todo aquel sortilegio avasallante cuando mi silenciosa abuela se perfumaba con aquella esencia angelical. El perfume venía envasado  en un frasco azul cobalto en forma de lágrima, una ampolleta de casi dos pulgadas y media, con un tapón de pasta  de baquelita dorada con una cinta de hilos igualmente dorados alrededor del cuello de la pequeña botella. Tan pronto mi abuela terminaba de acicalarse, con su dedo índice, y a manera de gracia me untaba, cerca de mi oreja derecha un poquitín de aquella esencia divina que me hacía caer casi en un trance espiritual.

Cerca de las 3:30 PM, mi abuela servía a todos sus nietos y nietas la merienda de café con pan y mantequilla danesa y, cuando había los recursos y se conseguía, paladeábamos  una maravillosa lonja de jamón cocido, tan fino que podía mirarse al trasluz. A pesar del ajetreo de la cocina, y como usaba delantal, doña Lupe se mantenía impoluta. Ya al anochecer, volvía a refrescarse y a ponerse un poco de polvo talco de la marca referida. La casa siempre estaba bien alhajada pues mi tía era la telefonista  del pueblo y tenía un sueldo seguro; además, doña Guadalupe, que había enviudado y quedado sola con  tres hijas pequeñas y un hijo de crianza, era muy emprendedora, de lo que heredó de su madre conservó unas tres vacas las que pastoreaba Cristóbal, su hijo adoptivo. Por otro lado, la tía Cambucha, solía proteger a sus dos queridas sobrinas y se encargó de acrecentarles el menguado caudal de herencia que les quedaba. Mi abuela y su hermana, la afanosa y casta tía Elvira, tití Villa, -como nos enseñaron a llamarla-, nos habían acostumbrado a desarrollar buenos modales en la mesa, a estar inmaculadamente limpios y bien vestidos. No obstante, para estar cerca de la línea de la pobreza nunca nos faltó lo esencial y a mi, no sé por qué, la tía Elvira me trató siempre como a un príncipe.

Recuerdo que en una Navidad, mientras mi abuela ayudaba a tía Elvira a  adornar el arbolito de tintillo, aproveché la ocasión que se me brindaba tan propicia, me atreví abrir el ropero de la abuela y curiosear en el estuche plateado y jaspeado de azul donde estaban los productos Evening in Paris. Sin encomendarme a nadie abrí el seductor frasco de la esencia, pero al escuchar pasos y saber que hacía algo no del agrado de mi abuela, la  hermosa cápsula de azul cobalto fue a parar al suelo haciéndose añicos e impregnando toda la alcoba de aquel perfume embriagante, tenue y seductor.

Mis neuronas grabaron aquel perfume para siempre en mi conciencia de niño. Era como un amable fantasma que me perseguía por instantes a través de toda mi vida.

Mi abuela, impávida, dijo: “No te apures, eso pasa por ser averiguado, no vuelvas a hacerlo. Aunque todavía me  queda otro frasco, cuando seas grande tendrás que regalarme un perfume igual…” La serenidad de mi abuela, su media sonrisa y el aroma que  se esparcía física y psíquicamente por todo mi ser no se borraron nunca de mi cándida alma de niño “averiguado”.

Como por arte de magia, todas las navidades venía a mi alma el recuerdo del perfume Evening in Paris y consiguientemente las figuras de mi abuela y mi tía. Crecí, estudié, trabajé y traté de descubrir el embrollo misterioso de la vida… ese misterio insondable que nos asfixia increíblemente y nos hace perder tanto tiempo, porque la vida merece vivirse sin sufrir demasiado. Pasaron los años y por un accidente de la vida y la generosidad de una buena señora que fue mi profesora de arte moderno, llegué a enseñar en la Universidad.

Una mañana, casi al final de curso, mientras hacía mis horas de oficina, el aire acondicionado central quedó fuera de servicio y no hubo más remedio que abrir la puerta que daba al pasillo central. La eterna algarabía de los estudiantes, el ajetreo de los cambios de clase, las vocinglerías de unos y otros hacían olvidar el sofoco de la tórrida calor. De momento mi olfato se despertó ante un aroma que era el mismo Evening in Paris. Salí corriendo de mi oficina tras el grupo de niñas desde donde emergía el místico aroma, pero había tantas personas en el pasillo que niñas y perfume se esfumaron tan pronto como mis esperanzas de ser hombre acaudalado.  Eran los inicios de la década de los 70 y mi abuela, octogenaria, recordó el perfume… Una tarde me dijo: “No te olvides de mi perfume”. Desde ese momento hice todo lo posible por complacer a mi amada abuelita. Después de investigar con ciertas damas de la localidad sobre el perfume mencionado, averigüé sobre sus fabricantes. Llamé a los que habían sido los distribuidores del mismo en Puerto Rico. Amablemente, la administradora de la firma me explicó que Evening in Paris era fabricado por la Casa Bourjois de Paris, la que tenía subsidiarias en New York y en Cuba, pero que ese perfume en específico había sido descontinuado pues la Food and Drugs Administration de USA había prohibido su fabricación por razones de salud pues se dudaba de algunos de sus componentes químicos y ya cerca de 1965 era casi imposible conseguir un frasco del que fuera un popular perfume entre las señoras de la clase media y media alta. Sin perder las esperanzas moví mis amigos en Cuba, pero nada, nada de nada… En Nueva York, mucho menos. Mis hermanas emprendieron viajes por las Islas Vírgenes para tratar de conseguir el preciado perfume y alegrarme. Igualmente el esfuerzo fue nulo. Entonces me aventuré a escribir a la Casa Bourjois de Paris. Con simpatía me explicaron que era imposible conseguir siquiera un envase o una muestra del apetecido aroma. Pero no perdí la ilusión. Pasaron los años y mi abuelita hizo su viaje definitivo al país donde las flores nunca se marchitan y los arrayanes siempre están florecidos junto a los jazmines y a los rosales. El pensamiento me trajo algo de consuelo.

Casi todos los días de mi vida, desde niño y en mi madurez he pensado en el pomo de Evening in Paris de mi abuela, en la pulcritud de su figura cuando se empolvaba… Muchas veces sentía colarse por las persianas de mi hogar un aroma extraño que me hacía sentirla cerca y recordarla. “ Es abuela” siempre me digo… “Ha venido a visitarme”.

Una tarde, al regreso de un viaje de visita a sus hijos en los EEUU, mi hermana mayor, que lleva en segundo lugar el nombre de nuestra abuela materna, al saludarme me dijo sonreída: “ Te conseguí en un Flee Market en USA un frasco de Evening in Paris, solo queda un poco, pero todavía huele”. Me llené de un regocijo no demostrado. Era una botella de  colonia, no del perfume que venía envasado como en una  especie ampolleta exagonal de sólido cristal azul cobalto. “Pero algo es algo”, me decía. Cuando mi hermana me entregó el preciado regalo y olí la colonia, mis sentidos fueron ajustándose poco a poco y fueron rectificando mi memoria… ¡Sí, era el perfume de abuela, de abuela Lupe! En su memoria, quise reproducir el ritual: ducha fresca a las tres de la tarde, polvo talco y finalmente, finalmente Evenig in Paris y una furtiva lágrima como una ampolleta de amor….

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feb 2

De cuando la palabra fresa se volvió un insulto

Publicado por: Marcelino Canino el Miércoles, febrero 2, 2011 en Ensayos, Poesía, Reseñas

De cuando la palabra fresa se volvió un insulto
Por el Dr. Marcelino Canino Salgado
 
El poeta colombiano José Asunción Silva, a quien sus amigos más íntimos apodaban José Presunción, por las razones que el mote implica, sentía resentimientos hacia los gobernantes de su país. No era para menos y claramente entendible: Colombia se había desbordado en atenciones hacia el bardo nicaragüense Rubén Darío, a quien la República de poetas le concedió el honor de ser delegado de la Diputación colombiana en España. Ya Rubén era muy conocido en toda España por sus andanzas literarias y por sus desmanes amorosos. En cierta medida no era bien visto por las damas católicas del entonces ya que éste, casado aún, se atrevió enamorar y hasta raptar a la hija del jardinero del rey, a la infortunada Francisca Sánchez. En una visita de agradecimiento que Rubén hiciera a Colombia, anónimamente, José Asunción Silva, lleno de amargura y encono, escribió dirigiéndose a Rubén como el poeta de versos “color de fresa con leche”. El público fanático de Rubén se sintió sumamente ofendido y crearon una polémica pública con la expresión de Silva, quien solo pretendía describir o caracterizar en un poema extenso el sentimiento blandengue, trivial y enajenante del modernismo dariano. Transcribo el poema:

Poema Sinfonía Color De Fresa Con Leche de José Asunción Silva
( 1894)

A los colibríes decadentes

¡Rítmica Reina lírica! Con venusinos
cantos de sol y rosa, de mirra y laca
y polícromos cromos de tonos mil
oye los constelados versos mirrinos,
escúchame esta historia Rubendariaca,
de la Princesa verde y el paje Abril,
Rubio y sutil.
El bizantino esmalte do irisa el rayo
las purpuradas gemas; que enflora Junio
si Helios recorre el cielo de azul edén,
es lilial albura que esboza Mayo
en una noche diáfana de plenilunio
cuando las crisodinas nieblas se ven
¡A tutiplén!
En las vívidas márgenes que espuma el Cauca
áureo pico, ala ebúrnea, currucuquea
de sedeñas verduras bajo el dosel
do las perladas ondas se esfuma glauca
¿es paloma, es estrella o azul idea?…
Labra el emblema heráldico de áureo broquel
Róseo rondel.
Vibran sagradas liras que ensueña Psiquis
son argentados cisnes hadas y gnomos
y edenales olores, lirio y jazmín
y vuelan entelechias y tiquismiquis
de corales, tritones, memos y momos
del horizonte lírico nieve y carmín
Hasta el confín.
Liliales manos vírgenes al son aplauden
y se englaucan los líquidos y cabrillean
con medievales himnos al abedul,
desde arriba Orión, Venus, que Secchis lauden
miran como pupilas que cintillean
por los abismos húmedos del negro tul
Del cielo azul.
Tras de las cordilleras sombras, la blanca
Selene, entre las nubes ópalo y tetras
surge como argentífero tulipán
y por entre lo negro que se espernanca
huyen los bizantinos de nuestras letras
hasta el Babel Bizancio, do llegarán
Con grande afán.
¡Rítmica Reina lírica! Con venusinos
cantos de sol y rosa, de mirra y laca
y polícromos cromos de tonos mil,
éstos son los caóticos versos mirrinos
ésta es la descendencia, Rubendariaca,
de la Princesa verde y el paje Abril,
¡Rubio y sutil!

Rubén nunca comentaba los insultos y críticas, sabía que era un hombre público: Salido del pueblo y para el pueblo, aunque muchas veces asumía poses aristocratizantes como algunas personas de la Academia y las élites puertorriqueñas. De ahí en adelante, las sabrosas fresas por más que las cubramos con chocolate, tendrán la impronta del insulto. Pero para los aficionados a las frutas y el chocolate, el hecho histórico no tiene ninguna trascendencia. Ya le dijo don Quixote a Sancho que “sin el gobierno de las tripas, no hay república”.

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ene 9

Alter, Vallejo y yo

Publicado por: Marcelino Canino el Domingo, enero 9, 2011 en Cuentos, Narrativa

Alter, Vallejo y yo
Marcelino Canino Salgado
 
 
“A veces  en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.”
( Arte poética, Borges,  El hacedor, )

 

“Eres el otro yo del que habla el griego
y acechas desde siempre. En la tersura
del agua incierta o del cristal que dura;
me buscas y es inútil estar ciego.”
(J. L. Borges, Al espejo)

 
Aquella noche llovía a cántaros, y el viento rugía estrepitosamente. Recordé a Wuthering Heights y me sonreí con melancolía. Siempre pensé que aquella novela era emblemática de los amores imposibles y obcecados. En cierto modo aquella narración había marcado la segunda mitad de mi vida consciente cuando ya empiezas a sentir repugnancia por muchas de las extravagancias de Darío. Pensé que debía hacer unos apuntes sobre lo que pensaba, pues al otro día reuniría al grupo de estudiantes del curso de Crítica literaria que dictaba en la Universidad. Aunque la mayor parte de alumnos eran conspicuamente inteligentes, les faltaba pasión para entusiasmarse por estos temas. Casi todos habían sucumbido ante las seducciones del estructuralismo crítico literario, y otros ya se habían convertido en fieles e inclaudicables adeptos de la sociología de la literatura. Pero yo cumplía al pie de la letra con el programa del curso y en pocas ocasiones intenté disuadirlos. Yo también tuve mis flaquezas en los periodos de formación. Sucediera lo que sucediese, cumpliría con el curso tal y cual estaba diseñado… Tranquilo con mi decisión me fui  a la cama, esta vez me burlaba de Nervo y el morbo de su inmóvil amada que nunca me pareció tal. El narcótico medicamento me llevó hasta confines lejanos y desde ese momento en que creí haberme abandonado en la plena inconsciencia no recordé nada más hasta que sonó fiel e imprudente la campanilla del Westclock.

Ya a las 4 de la madrugada estaba de pie y camino a la ducha. El ritual era siempre el mismo: impecable aseo, desayuno frugal ( pues a las diez tomaría una merienda), y, una vez vestido y hecho el lazo de la corbata, procedía a otro ritual muy importante para mi: peinarme cuidadosamente, perfumarme con aromas cítricos o de lavanda y hasta sándalo de la India. Siempre recordaba aquella frase  etopéyica de mi padre que, cuando pretendían herirlo u ofenderlo decía: “Yo, yo soy como el sándalo que perfuma con su savia al hacha que le hiere”. El público lo aplaudía muchísimo, mas para mi era una triste confesión de su profunda incapacidad para defenderse de sus agresores.  Sumido en el más trapense de los silencios pensaba que jamás sería como él. Creía que uno, solo tenía dos mejillas, a la tercer ofensa había que demoler al adversario. No fueron pocas las ocasiones en que me sentí sándalo herido. Y si algunas personas se perfumaron con mi savia, no fue intencionalmente.

Terminados los rituales, tomé la mochila con los libros de textos, etc., revisé toda la casa, me fui a la cochera, y desde ahí me dirigí a la Universidad que estaba localizada en la ciudad de Río Piedras a unos 40 ó 45 minutos con vía franca y, quizás, menos.

Todavía seguía lloviendo y era natural que ese día el tránsito transcurriera más lento que de costumbre. A la salida del pueblo siempre me esperaba un joven estudiante universitario a quien cordialmente le hacía el favor de llevarlo a la Universidad. Era una persona afable, muy callado y sencillo. Para mi no era nada problemático el darle “pon” como los estudiantes denominan a un aventón, el hitch hike de los norteamericanos. Se convirtió en una especie de casi -silente compañía.

Al reducir la marcha del auto, en la zona donde solía recoger al joven estudiante, no logré divisarlo por ningún rincón. Como llovía copiosamente pensé que se había quedado dormido. De pronto sonó mi teléfono móvil y al contestar me percaté que era la señora madre del estudiante que, disculpándose por el hijo, me comunicó que éste estaba ardiendo de la fiebre a causa de la gripe y no asistiría a la Universidad; me suplicó, además, que lo excusara con sus profesores a quienes yo conocía. Durante la llamada, casi sincrónicamente, me había detenido ante la luz roja del semáforo que queda a la salida del pequeño pueblo. Lamenté la falta de compañía y, como sustituto, decidí escuchar la radio. Pero mi cabeza estaba tan ocupada pensando no sé en qué cosas que solo podía compararse a un manicomio de pájaros cantando un aria de Rossini. Fue entonces que desde el  asiento delantero acompañante escuché un tenue voz que me decía: ¿No va usted a escuchar el concierto matinal? Era una voz muy familiar, entrañablemente familiar… Pero al mirar hacia el asiento no vi absolutamente nada; además, mi mochila estaba sobre el asiento, así que supuse que eran voces imaginadas. Por el espejo retrovisor eché una mirada y tampoco había persona alguna. Sintonicé la emisora acostumbrada y ya estaba casi al finalizar el primer movimiento de  la Cuarta sinfonía de Brahms.  Pensé que me vendría bien a mi ánimo un poco confuso una inspiración teutónica, romántica, enardecedora y contradictoriamente lírica… Mientras pensaba y ajustaba el volumen de la radio, escucho nuevamente la afable voz del emisor misterioso. “Buen comienzo para un día tan lluvioso”. Recuerdo que una mañana parecida recitó aquel poema de César Vallejo que decía… “ Me moriré en Paris con aguacero…”  y, desde ese punto, junto a aquella voz, casi al unísono, seguí los versos…

un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

Las dos voces callaron por un largo instante… Hasta que la profunda voz amiga, me requirió: ¿ Y no va usted a explicarme el poema como suele hacerlo? Entonces reí a carcajadas  y me sonrojé al sentir la franqueza con la que aquella voz disparaba a quemarropa todo lo que sentía. Parecía no tener inhibiciones. Pero de inmediato pensé que sí las tenía, pues noté que seleccionaba cuidadosamente el léxico que utilizaba en sus expresiones. Y si seleccionaba, el acervo sería lo suficientemente amplio como para seleccionar… Todo este proceder me dio mala espina y guardé silencio.

–¡Contésteme!, me requirió enfático, pero amable…

Entonces le dije: Solo te brindaré mi opinión sencilla y sin complicaciones. A lo que la voz, con un poco de sorna dijo: Pues vamos maestro, mis oídos son suyos, lo que no implica que los suyos son mis oídos…

Pues bien, comencé… El poema es un soneto postmodernista pues la configuración de las rimas rompe con los patrones clásicos establecidos en el castellano por  Juan de  Boscán y Garcilaso de la Vega.  La asonancia de las rimas es curiosa pues remite la imaginación del lector a universos semánticos y etimológicos afectivos…  Se da en éste el fenómeno que Roman Jackobson denominó homoteleusis  asociativa. ¿ Comprendes?

–¡ Claro, maestro, usted explica muy bien!

–Gracias, pero no te prodigues… Ya sé que sabes que me encanta que me adulen, ja, ja, já, debilidad mía, de mi exacerbada megalomanía….

Seguidamente el  amable pasajero añadió:

–Pero el tema de la pasión de Cristo es un convite a la humildad, una especie de antídoto mágico contra la soberbia… Es natural que en los medios intelectuales haya un poco y, a veces, demasiado soberbia. Recuerdo que hace un año ofreció usted una conferencia sobre “La soberbia en el infierno de Dante”. Todos sus colegas y el estudiantado estábamos arrobados y sobrecogidos por sus interpretaciones. Pero lo mejor de todo fue el final cuando dijo: “Acepto estos aplausos sin soberbia, humildemente, con ustedes me siento como una luminaria”. Y comenzó a reírse a carcajadas… Fue cómico y espontáneo. Siempre he creído en el arte de enseñar divirtiendo.¿ Le parece?

–Sí, es cierto, apunté. Y tú, al estar en el auditorio fuiste cómplice de aquel circo intelectual, o simplemente de aquel circo, donde todos somos como la reina mora, “la que a veces canta y otras veces llora”.

Mas si te parece bien, volvamos al poema. No  cabe la menor duda, como ya has observado, que el poeta se identifica con la pasión de Cristo: un Jueves Santo,  conocido como el jueves de la agonía, las alusiones  a la soga y al palo con que le pegaban, los huesos húmeros quebrados… todos sintagmas que aluden al dolor, al martirio… Todo resumido en los sintagmas soledad, lluvia, caminos…

Entonces la voz afablemente apuntó:

–“Sobre todo el sintagma soledad… Creo que no hay que ser poeta para percatarse de que la soledad es un estado agobiante, aniquilador del yo. ¿ Será que de esa forma ejemplar se nos invita a la congregación, a la solidaridad ecuménica?  ¿Tiene usted algún comentario pertinente sobre el asunto que no resulte religiosamente proselitista?  Pues he pensado que hasta el mismo título del poema apunta a nuestras almas como sepulcros blanqueados… ¿ No cree usted?

–Bien sabes que, aunque no soy ateo, rehúyo las congregaciones religiosas, sobre todo a las fundamentalistas, especializadas en enajenar conciencias y caudales… Sobre todo caudales. Logran que su seguidores desprecien las riquezas de la vida mundana, pero se hacen depositarios de las mismas. El soneto que nos ha ocupado todo este trayecto de diálogo ameno, lleva como título: Piedra negra sobre una piedra blanca el que establece marcados contrastes alusivos a parejas de contrarios: negro/blanco, paz/ guerra, violencia/ amor. Y lo de negro sobre blanco, no sé por qué me hace pensar en el yig-yan de los asiáticos…  Será porque en el soneto hay una búsqueda por el equilibrio, por la suprema paz que es Cristo.  ¿Te parece?

– Bueno, profesor, no he comprendido bien; mi formación no alcanza todavía a su cultura interpretativa.

– No se trata de cultura, ni de límites, sino de capacidad de análisis. Me parece que haces bien en no aceptar lo que no comprendes. Eso es elogiable. Ojalá las demás personas pensaran como tú… Un estudiante  y así los estudiosos en general deben cuestionarlo todo, hasta sus mismas ideas… La duda cartesiana y un poco más…

Por cierto, como no te he visto, y en esta oscuridad no te puedo ver bien, no sé quién eres; no me has dicho tu nombre ni hacia dónde te diriges, ya casi estamos cerca de  mi destino y no sé si te encaminas al mismo final…

– ¡Oh, ¡disculpe usted, profesor! Cuando detuvo su automóvil no pensé que buscaba a otra persona, y como llovía copiosamente deduje que me ofrecía  un aventón hasta la Universidad. Como es persona harto conocida no tuve miramientos y abordé su auto confiado en lo que pensé o había intuido.

–¡Sí…?

Mi nombre es Mího Alter y por eso las amistades más íntimas me llaman Mialter. Aunque como usted, tengo pocos amigos. Creo que debemos aprender a hacer amigos. No sé si Dale Carnegie escribió sobre ese particular. ¿ Lo ha leído usted, maestro?

–No, para nada, detesto a los escritores pragmáticos o seudo pragmáticos. Aquellos que dan recetas para alcanzar la felicidad. La felicidad no se alcanza, me parece… La llevamos dentro…

–¿ Cómo mi voz?

–¿A qué te refieres, joven amigo?

– Me refiero a ese rayo de luz interior que nos dice si estamos en el camino correcto, o si por el contrario vamos errando, comprende uste?

Y modulando mi voz añadí:

–Ahora existe en los Estados Unidos una sociedad de aficionados a la filosofía, todos profesionales, pero no filósofos, académicos que abogan por “menos Prozac y más Platón”. Consideran éstos señores que en el fondo se su ser, cada cual sabe qué los aqueja, y poseen la percepción  profunda de cómo enfrentar sus problemas psicológicos que, al fin de cuentas son conflictos espirituales… Por eso me causó risa tu pregunta. Tal vez un poco ingenua, pero sincera; sobre todo porque viene de un ser intangible como tú, amigo Alter. Al fin de cuentas fíjate hasta donde nos ha llevado un poema de Vallejo. ¡Un poema! “Lo inefable de lo absoluto”, casi tan intangible como el alma humana.

– Jajajajajaaj… Lo peor de todo es que  por la oscuridad no puedo verte para reírme frente a ti. Haz dicho un lugar común, uno de los lugares comunes predilectos de los estudiosos de la metafísica cuasi ocultista New Age… Pero lo importante aquí es si verdaderamente estás convencido o no de lo que sientes y expresas. Cuando uno articula verbalmente los pensamientos, entonces los incorpora a su ser. Así pues, en este caso, el proceso es a la inversa: de afuera hacia adentro en vez de adentro hacia a fuera. ¿ Cuál es el verdadero interior del hombre donde habita la verdad?  O mejor dicho: ¿ Dónde yace el interior del hombre?

–La dejo en tu cancha…  Sonreí maliciosamente, pero me sentí avergonzado de trivializar lo que tal vez era una duda seria y auténtica para Alter. Casi siempre creemos que poseemos la verdad y que somos los que tenemos indefectiblemente la razón. Parece como si la soberbia nos cubriese desde el nacimiento y que ésta fuera invulnerable ante las aguas del bautismo. ¡ Vaya usted a saber!

Entonces, como para reparar el agravio que sumió a Mialter en una cavilación, le  dije:  Ya estamos cerca de la Universidad,  ¿a dónde conviene quedarte? Seguidamente me contestó amablemente:

­ –Donde usted desee, Profesor… Mis clases no comienzan hasta las 7 am.  ¡Perfecto!

–Aparcaré en el estacionamiento de la Biblioteca General, entre el Museo de Antropología e Historia  y la Escuela de Comunicaciones. Te invitaré a desayunar, la lluvia , los aguaceros de hoy jueves me han despertado el hambre. Caminemos hasta la Cafetería.

Hicimos la fila de servicio como todos los demás universitarios. Tome café con leche, cereal y un jugo de uvas. Malter tomó exactamente lo mismo que yo. Nos sentamos en una mesa recoleta, frente a frente, mientras seguíamos hablando. En cierto modo parecía que me miraba en un espejo un poco empañado por la humedad de un jueves lluvioso. Era como mi misma imagen con eco. En ese instante sentí que esa sensación la había experimentado toda mi vida. De pronto algunos colegas saludaban desde lejos con  sus manos de palomas y ojos escrutadores, como sorprendidos. Entonces Alter se percató que me miraban con extrañeza y escuchó decir a una de las colegas : –“El pobre hace varias semanas no está bien de sus facultades mentales, dicen que actúa extrañamente desde la muerte de la que fuera su esposa hace unos meses… Es digno de compasión; vive solo, tal vez por eso se la pasa hablando con fantasmas, sobre todo, los días de lluvia…” Al percibir lo que escuchó mi joven interlocutor, me sonreí piadosamente. Recordé aquellos comentarios de Francisco de Sales sobre el rumor y la difamación. No me afligí por mi, sino por la colega que, además, años atrás  había sido una de mis alumnas en los cursos del Doctorado y había conseguido relacionarse muy bien con gente de poder para que la ayudaran a  obtener una plaza de profesora.

Alter se despidió de mi y quedamos en  encontrarnos a las 5 en punto de la tarde, cuando regresaríamos al pequeño pueblecito de donde procedíamos, donde los aguaceros de un jueves oscuro y silencioso atenuaban y purificaban a nuestras enardecidas almas … Y así,  ya todo está, los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día mi rostro fue dejando en los espejos y los que iré dejando todavía… ese adverbio  impaciente, que como aquel poeta, temo todavía, todavía, todavía…

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
( Borges, La lluvia)

Marcelino Juan Canino Salgado

1 y 2 de enero de 2011. Dorado, Puerto Rico

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nov 22

Ese aire supremo

Publicado por: Marcelino Canino el Lunes, noviembre 22, 2010 en Poesía


 
Buscabas la exacta fórmula,

la palabra clave que disipara tus dudas…

Era un viaje al averno…

Era la búsqueda de la ignota Eurídice…

Apenas habías visto su compungido rostro:

y solo habías escuchado la tétrica lira de Orfeo…

¿ Por qué no acudiste cuando los crótalos del sistro

anunciaban el nuevo sendero perfumado de mirtos invencibles?

Eran las ondinas destellos de tu aliento mientras las abejas cantaban susurrando la escala pitagórica de las exactitudes…

¡Oh, céfiros altivos!

¡ Nenúfares ocultos!

La onda redibuja los círculos finitos

en la alfombra de peces ocultos en tus ojos…

Ven, ven al convite soberano

donde las alondras armoniosamente

te enseñarán a cantar los himnos del amor…
 

Dr. Marcelino Canino Salgado

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sep 27

Otorgan distinción a destacado intelectual puertorriqueño

Publicado por: COLABORACION el Lunes, septiembre 27, 2010 en Letra y Pixel

El día 23 de septiembre, en una reunión privada en la residencia del Dr. Don Ricardo Alegría en San Juan de Puerto Rico, el Dr. Marcelino Juan Canino Salgado fue galardonado con la Medalla de la Fundación Alegría:

“En reconocimiento a su labor en la defensa, fomento y divulgación de la identidad y cultura nacional; y en especial por su obra literaria, así como en el estudio del folclore, la música y la historia.

Ricardo E. Alegría 23 de septiembre de 2010”

La FUNDACIÓN ALEGRÍA es una sociedad sin fines de lucro, organizada y dotada por su fundador, el Dr. Ricardo E. Alegría. La Fundación tiene como propósito primordial reconocer a las personas e instituciones que hayan hecho una contribución notable en la defensa, conservación, divulgación y en el fomento de las diversas manifestaciones de la cultura nacional de Puerto Rico. La Fundación Alegría ha dotado a la Academia Puertorriqueña de la Historia y a la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española para que, durante un número de años y en colaboración con los Departamentos de Estudios Hispánicos e Historia de la Universidad de Puerto Rico (Recinto de Río Piedras), otorguen un premio y la medalla de la Fundación a aquellos estudiantes que más se hayan destacado en sus estudios e investigaciones de Historia y Literatura puertorriqueña.

La Fundación Alegría también ha dotado a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de Puerto Rico para que, durante un número de años, otorgue un premio y la medalla de la Fundación a los estudiantes que más se hayan distinguido en el dibujo figurativo, en las artes del grabado y en la pintura.

Letra & Pixel (hhtp://www.letraypixel.com) felicita al Dr. Marcelino J. Canino Salgado por tan merecida distinción. El Dr. Canino es uno de nuestros colaboradores .

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sep 5

SOLEDADES

Publicado por: Marcelino Canino el Domingo, septiembre 5, 2010 en Poesía

Soledades

Por : Marcelino Canino Salgado
 
 
Un secreto nocturno apacentó tu lecho

En la impávida aurora del funesto temblor…

Los hilos contactantes del mensajero inmóvil

tejieron sobre el pecho el temor y el furor..
 
 
Vasos comunicantes, diatribas enturbiadas

arcos nunca tensados, ni flechas disparadas…

La metáfora hueca buscaba su sendero

e ignoto en los confines  justificó su flor.
 
 
Orgías de colores en paletas de nubes

ardientes cataclismos, catapultan al sol;

las noches se hacen largas como potros salvajes

que marchan entre celos y  llantos de pavor….
 
 
¡Venid los capitanes, poetas del arrojo

enloquecidos todos cantando su loor…!

Narcisos del destierro  de la patria no habida:

Tartufos de la idea, no habrá resignación.
 
 
La carroña se enciende con los picos de oro…

De níkel relucientes las espadas ya son:

antigüedad sin honra, desórdenes del alma…

es el poder del odio vencido en su rincón.

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ago 21

Elegía a María Antonieta de Francia

Publicado por: Marcelino Canino el Sábado, agosto 21, 2010 en Poesía

Elegía a María Antonieta de Francia

Marcelino Canino Salgado. Dorado, PR.

Para mi amiga Elba Lugo


En el temido  patíbulo ya está sentada,

echada está su triste e inexorable suerte;

su ajuar real  de armiño es ahora de muerte;

solo piensa en sus hijos, absorta, resignada…

 

Pobre María Antonieta, sin esperanza alguna;

sin un héroe que acuda intrépido a salvarla;

que seque la laguna de sus penas augustas

y la copa de acíbar pronto pueda apurarla.

 

Sus delitos de amores le han sido perdonados;

mientras el cruel verdugo se acerca reverente

y le pide perdones y le besa la frente

a la reina que fuera de franceses amados…

 

¡Qué triste se le nota en el postrer instante!

¡Tan pronto envejecida por las humillaciones!

El rictus de sus labios no ríen como antes;

sobre ella cuajaron todas las estaciones…

 

Su cabeza ha caído en lúgubre canasta;

su cuerpo separado temblaba todavía…

y sola, muy piadosa,  la anciana que rezaba,

entonaba en latín un dulce Avemaría…

 

Exánime su cuerpo en un cajón de pino

tan burdamente hecho como trono postrero;

sin corona, sin manto; un David conmovido,

la lira de su lápiz dibujó estremecido.

 

No pudo la ignominia… la ha salvado la historia,

en un tapiz de voces el pueblo ahora la aclama;

y quedará su aliento en cintas y oropeles

la casi reina niña que fue guillotinada.

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