Entrevista a Javier Ávila
Entrevista: La muerte de Javier Ávila
Por: Michelle R.O.
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Javier Ávila ha muerto. Su ataúd está ungido en páginas. El autor es un seductor de la agonía a través de la poesía, la novela y el ensayo. Ávila es el ganador del Premio de Poesía 2008 del Instituto de Cultura Puertorriqueña en junio de 2009 con su libro El papel de Difunto. Sus novelas Different (2001) y The Professor in Ruins (2006) ambas de suspenso, marcaron su reconocimiento como novelista . Incluso la novela Different, que ya va por su séptima edición, ha sido adaptada para la película Miente bajo la dirección de Rafi Mercado. La misma estrenará en octubre.
Sus poemarios han sido galardonados: Vidrios ocultos en la alfombra (2003) obtuvo el Premio Olga Nolla de Poesía, La simetría del tiempo (2005) obtiene nuevamente el Premio Olga Nolla de Poesía y el Premio Nacional de Poesía otorgado por el PEN Club y Criatura del olvido también recibió otro reconocimiento del PEN Club en el 2008. El año pasado Ávila obtuvo el premio “Outstanding Latino Cultural Arts, Literary Arts and Publications Award” conferido por la American Association of Hispanics in Higher Education. Posee un doctorado en literatura y actualmente reside en Pennsylvania.
La muerte es un hilo transgresor en tus poemarios. Cuénteme cómo la muerte llega a convertirse en el trasfondo de esos poemas específicamente. ¿Es acaso un signo de agonía o un enfrentamiento armado (con recursos literarios)?
Sí, definitivamente la muerte es protagónica en mi poesía. Hay un verso en “Informe” en El papel de difunto en que el hablante le atribuye su oficio poético a la ausencia de su padre. Es decir que la muerte se convierte en un motor creativo, en una fuente de energía para el oficio. La poesía, entonces, se transforma en tributo a lo que ya no está, a lo muerto. Cobra vida gracias al deceso de otros. Es una idea un tanto necrófila el hecho de que el poeta necesite ser una especie de vampiro que se nutre de la sangre de otros–en el caso mío, la muerte es sumamente nutritiva para mi trabajo. Es algo extraño (aunque los escritores lo entienden perfectamente) que la tragedia sea bienvenida en nuestras labores. Uno se sienta a esperar cómo la vida lo va mutilando y le va quitando poderes. Y entonces, con la acumulación de grandes y pequeñas tragedias y con el talento (que es el ingrediente que no se puede comprar), el fruto es riquísimo. Cómo dijo el gran Henry Holiday, “Bring me more tragedy or I won’t write”. El escritor aprovecha la tragedia y la convierte en algo hermoso.
En mi caso particular, siempre he tenido una relación paranoica y estrecha con la muerte. Hubo muchos funerales en mi juventud (familiares, amigos de mis padres, etc.). Lo he comentado antes. Cuando era pequeño me sometieron a una operación de corazón abierto, y eso cambió mi perspectiva drásticamente. He tenido muchos bailes con la muerte desde entonces. Y, desde luego, la muerte de mi padre cuando yo tenía unos veinte años me afectó enormemente. Por lo tanto, sí, la muerte es un elemento de agonía en mi trabajo, pero también es un personaje familiar. Siempre estará ahí. El tema principal de mi obra siempre será el tiempo, que es de una forma u otra sinónimo de la muerte. Así es y así será, para bien o para mal.
Su último poemario titulado ‘‘El papel de difunto’’ es un gran ejemplo de ese tráfico de versos con la frágil mortalidad, pero sobre todo como un fenómeno encantador. ¿Es así? Hábleme sobre su propio papel de difunto.
“El papel de difunto” reúne elementos de mis poemarios previos, pero con un giro que podríamos llamar novedoso. La mortalidad es el elemento protagónico que une las cuatro partes del libro: “Tachaduras”, “Caídas”, “Invisibilidades” y “Evidencias”. El poema inaugural del libro, “Velorio”, explora la perspectiva de un hombre que envidia a un pariente muerto porque, según él, le robó “el papel de difunto”. De ahí sale la frase. Es más bien el deseo del vivo ser tratado con la deferencia del muerto. La claridad y la ternura y la sinceridad con que muchos hablan de los que se han ido–todos esos elementos los desea el vivo, quien intercambiaría los roles si pudiera obtener esos elementos. Sin embargo, ante la incertidumbre del estado de inexistencia, lo que queda es esa angustia que proviene del no saber.
El poemario celebra distintos estados de la muerte. De ese modo es una continuación de “La simetría del tiempo”. Aquí nuevamente la vida y la muerte se confunden y crean una dependencia.
Hay en los versos de “El papel de difunto” la unidad temática del ser humano ante la muerte y toda la fragillidad, todo el desespero existencial que brinda. “Tachaduras”, la primera parte, es una colección de elegías (a parientes, a casas, a amantes, a vecinos, a desconocidos, al ego, al tiempo, a la vida en sí). La segunda parte, “Caídas”, explora una serie de puntos débiles en las vidas de varios personajes. “Invisibilidades” vuelve a visitar los conceptos que presenté en “Vidrios ocultos en la alfombra”, esas realidades que no son obvias hasta que comienzan a resultar punzantes, dolorosas, inevitables. La última parte, “Evidencias”, es la más orgánica y la menos metafórica. El hablante poético, al menos estilísticamente, no hace ningún intento de esconderse.
Si la frágil mortalidad resulta ser un fenómeno encantador, es sólo porque el hablante la acepta como una inevitabilidad. Por lo tanto, se convierte en un aspecto de su ser, tan natural como su nariz o sus dedos. Del mismo modo, hay y no hay manera de controlar mucho de lo que puede oler o tocar.
No sé cuál es mi propio papel de difunto, pero supongo que en algún momento alguien lo sabrá–pero no me enteraré.
¿Cuál es su aspiración como escritor ante la página en blanco y luego cómo esto se traduce en los procesos de completar un libro?
Antes la aspiración era crear algo hermoso, tal vez duradero. Ahora no es así. No usaría la palabra “aspiración” para describir lo que hago ante la página en blanco. Escribo estrictamente por placer. Escribo porque no puedo evitarlo. Soy económico al llenar la página. Esta regla aplica a un poemario de 100 páginas o a una novela de 350. Cada vez cuestan más las palabras. También el tiempo que le dedico al oficio. Por eso soy económico.
El proceso de completar un libro, desde la página en blanco a la última página escrita, siempre contiene un poco de misterio. Pero hay ciertas cosas que no cambian. Para completar un libro, hay que tener disciplina y paciencia. La disciplina ayuda a terminarlo. Convierte el proceso en un trabajo sistemático, poco llamativo pero con un principio y un final. La paciencia es imprescindible porque si el libro se pone terco (y eso suele pasar cuando el autor comienza a serle desleal al libro) o si requiere múltiples lecturas y revisiones, hay que aguantar los deseos de declarar la obra terminada. La fecha límite de un libro nunca está establecida. Hay que aceptar esa realidad.
Del poemario: El papel de difunto
La desdicha del mundo
El mundo se desvela.
Odia su calistenia involuntaria.
Resiente a quien lo pisa y se ha antojado
de arruinarse. Reclama su deceso,
pero nadie lo quiere complacer.
El mundo se degrada.
Odia su redondez. Odia a quien quiere
salvarlo. Si pudiera germinarse
dos piernas, una mano, acaso un dedo
que halara meteoritos a su cuerpo
y perforara así su obesidad,
tal vez reposaría.
Pero sigue despierto,
rotando ciegamente,
vencido ante la peste
de tanta humanidad.
El monumento
Al verla desde afuera, la casa
parece que se mueve.
Comprendo que es el cielo, mi ojo,
que un ángulo lo es todo.
Pero esta travesía fallida hacia el recuerdo,
la trágica insistencia de revivir cadáveres
se ha convertido en más
al convertirse en menos.
Y la casa está viva, lo presiento.
Se expande levemente, se agrieta, solloza,
captura atardeceres, se encorva.
La extraña, como yo.
La ha visto desnudarse. La sabe.
Conoce sus contornos.
Ante su ausencia quiere desplomarse,
derretir el concreto de su piel,
volverse horizontal.
El tardo deterioro de su forma
exige ensombrecer la arquitectura
que con su rigidez la circunscribe.
Anhelan retornar a la arboleda
las puertas de nogal
que vieron su sonrisa evaporarse.
Pienso en lo que requiere la estructura,
en tanto que quedó entre sus paredes
y quiero derribarla.
Pero su destrucción no bastaría
para borrar el resto, lo que habita
muy fuera de los cuartos:
el rostro del pasado, sus manos,
la voz abandonada,
la casa que perdí.
Argumento teológico
Me dices que la gruesa cicatriz
en medio de mi pecho
es prueba irrefutable de que existe
un ser supremo.
Y yo, que cargo la medalla
del corazón abierto,
te digo que la misma cicatriz
es prueba suficiente
de que no.
Conveniencia
No nos equivoquemos. Somos carne.
La urgencia nos acecha a medianoche.
Florece en nuestra piel mientras la vida
de pronto se derrumba.
Así se cruzan nuestras soledades.
Y nada toca aquí la inteligencia,
excepto al regresar
del cuarto clandestino
a nuestras respectivas narraciones
de tramas que transcurren lentamente,
sin las intermitencias de tus labios.
Foto por: Michelle Cintrón
