Unamuno y el Otro
Por Iris M. Zavala
Si aceptamos que Unamuno escribe en busca de la verdad, hemos de situarlo además en esa indagación particular que caracteriza el descubrimiento freudiano. Y si se toma en serio el lugar que Freud le reserva a la verdad, en este marco, la verdad se muestra, como dice Lacan: “compleja por esencia, humilde en sus oficios, extraña a la realidad, insumisa a la elección del sexo, pariente de la muerte y, finalmente, más bien inhumana”
Es a la vez crítico e innovador, rectificador de ideales y renovador de nuevas verdades. Pero en todos sus textos maestros, no es solamente el sentido lo que moviliza Unamuno, sino varios saberes: el saber de varias lenguas y los saberes de la enorme biblioteca babeliana y circular que se necesita para intentar aclarar de dónde provienen las cosas. De tal manera que parecería querer modificar la relación con lo que en el lacanismo se llama el sujeto-supuesto-saber. A partir de un significante–singularmente la verdad–activa siempre al supuesto saber de este significante, es decir, lo que Miller (1997:26), en muy otro sentido, llama la s minúscula que es a la vez sentido y saber, o sentidos y saberes. Los moviliza por asociación, como si intentase y pudiese explicitar todos los ecos de un significante. Ofrece siempre una especie de esbozo del todo, y se recompone para su propio beneficio, para volverse él mismo sujeto supuesto saber, y que todos los lectores lo interpreten y estudien.
Trata siempre el desorden del mundo, del individuo, de la sociedad, de las costumbres, desplegando un sentido sobre la rectitud del orden social, de la pareja sexual y del individuo, para conjurar el goce nocivo de la modernidad. Siendo la escritura el arte que más incluido está en el registro de lo simbólico (el lenguaje, la ley), Unamuno intenta hacerlo pasar por un prisma anti-hegeliano (si bien Hegel está presente en sus textos filosóficos), pues duda siempre de que lo real que se presenta sea lo racional.
Unamuno se hizo escritor para responder a un Otro: el contexto es muy importante, pues lo mueven su niñez en la Guerra Carlista, además de la crisis de fin de siglo, y la Guerra de Cuba y la Guerra Hispanoaméricana. Sobre este gran eje imaginario, nuestro autor despliega todo un universo de significaciones para impugnar al Otro–del saber, de la ley–fabricando suplencias simbólicas. Muy distinto al trabajo de Valle Inclán, por ejemplo, que en su exultate jubilate mozartiano, a menudo alcanza un goce de la letra, fuera del sentido, desconectado del Otro y de los efectos de comunicación, semejante, pero no igual, a James Joyce. Unamuno se sitúa en varios niveles: el educador (léase Amor y pedagogía [1902], casi parodia del Emilio rusoniano), el legislador, el rectificador de la sociedad, el visionario, el moralista del amor.
La escritura unamuniana, hiperbólica siempre, está capturada en la metáfora y la metonimia, los rodeos y los equívocos de la lengua, muy alejada del ideal de la lengua científica y, desde luego, capturado en la lengua que se habla y que nos habla. Desde En torno, un texto apoyado en lo que llamaremos “causalidad retroactiva”, Unamuno nos ha dejado claro que lo importante es hiperbólica siempre, está capturada en la metáfora y la metonimia, los rodeos y los equívocos de la lengua, poder llegar a comprender de qué forma el pasado se inserta en el presente. Le preocupa la sincronía, en una reescritura simbólica del pasado, intentando reconstituir sus orígenes, mostrando a la vez, las maneras en que el pasado determina el presente, y cómo las formas de esta determinación están sobredeterminadas por la cadena simbólico-sincrónica del presente. Y lo que es aún más grave, que el universo simbólico presente del sujeto es sensible a esta causalidad. Ya antes he sugerido que este gran texto es un archivo (Zavala 1991a), y esbocé sus relaciones con el pensamiento de Foucault, además de destacar sus grandes aciertos: una teoría del sujeto, una teoría del lenguaje, y sus reflexiones en torno al discurso, la escritura y la lectura. Su obra es un intento de aislar el malestar profundo que precede, desde luego, la fecha de 1898.
En su tarea de reconstrucción crítica Unamuno conjuga lo que ahora se conoce como el conflicto de las facultades (en trazo kantiano y derridiano), que supone al menos dos cosas: esa separación que debilita el mundo intelectual, y separa al universitario de la “política y lucha reales”. Al mismo tiempo, un conflicto de géneros de discurso, que operan como un peso dóxico sobre la escritura. Volveré sobre este punto que separa a Unamuno del juego metonímico (central en el realismo), conduciéndolo hacia lo metafórico. Centro de sus preocupaciones ha sido la exigencia de responsabilidad civil, pregunta que supone no desligar las facultades, y afirmar con vehemencia que es imposible separar ambos conceptos.
Unamuno es consciente el modo en que la verdad entra en la vida humana. La dimensión de la verdad es una interrogación renovada; intenta responder por qué vía la dimensión de la verdad entra en la vida, en la economía del ser humano. Y aquí entra la dimensión del lenguaje: si somos lenguaje, y concierto de voces, la literatura ofrece una dramatización esencial, un alineamiento del significante a través de lo discursivo. Además, la eficacia de lo literario es justamente decir algo diciendo siempre otra cosa (el juego metafórico). Algunos textos literarios específicos introducen dimensiones nuevas, y el problema del género de enunciado le permiten formular la gran pregunta esencial de las ciencias humanas: el lenguaje. Aborda el lenguaje en el nivel más concreto, más cotidiano, el de la experiencia cultural. Es este lugar privilegiado (podría decirse), cuyo centro fundamental es la recepción del yo en el otro. Si situamos esta intersubjetividad en la línea lacaniana, para quien toda “la referencia imaginaria del ser humano está centrada en la imagen del semejante” (1983:183), podríamos decir que el acto ético -ligado a la escritura- obtiene un carácter extraordinariamente especulativo de todo su desarrollo, de su interrogación en redondo. Los fenómenos de lenguaje que tienen para el sujeto un sentido en el registro de la interpelación, del desafío, de la alusión, y el espacio vibrante de la introspección le permitirán a Unamuno afinar ese otro, el reconocimiento del otro -desde el otro con minúscula (y aquí me parece decisiva la distinción que establece Lacan 1992 en su estudio de la psicosis) y el Otro con mayúscula-. Retomaré este punto que me parece fundamental para distinguir las aportaciones unamunianas.
Y, adelantándose a El malestar en la cultura de Freud, revela el espacio interior y exterior del lenguaje que inscribe esa sorda lucha: Muéstrasele la Historia lucha perdurable de pueblos, cuyo fin, tal vez inasequible, es la verdadera unidad del género humano; lucha sin tregua ni descanso. [...] ¡Guerra a la guerra; más siempre guerra! (OC II 1958:414-17). Y, ¿hemos de olvidar aquel monodiálogo con el perro Orfeo en Niebla? Allí toca este Real en sus contradicciones de vida y muerte:
Por debajo de esta corriente de nuestra existencia, por dentro de ella, hay otra corriente en sentido contrario: aquí vamos del ayer al mañana, allí se va del mañana al ayer. Se teje y desteje a un tiempo. [...](OC II 1958:972)
Nos introduce así Unamuno por los caminos de ese Real–concepto que él desconoce, pues fue elaborado una cincuentena de años después por Lacan–pero que hoy podemos reconocer. En todo caso, y en cierto modo, y en todo caso, es un triunfo del saber y de la verdad y la interpretación lo que propone. No es una Summa, pero está allí, para que sus lectores la recompongan. No es, aunque él no sea consciente, un desabonarse del inconsciente, porque por sobre todas las cosas que él presente, está lalengua. Y es esa estructura superpuesta–ese inconsciente–sobre el cual edifica su saber. Son estos textos, en mi lectura, una superestructura sobre la lengua; no la lengua purista, en ella deja siempre muy patente el discurso del amo. En particular en En torno, donde toma el casticismo como un aparato de Estado para obtener el objeto normalizado, lingüístico y social. A este significante lo abre como un abanico, multiplicando, al igual que Joyce–pero distinto–las lenguas de referencia.
Unamuno hace estallar todo eso, y lo que lo incita es el deseo. Sus textos nos abren y nos articulan la pregunta del deseo. Y si bien hay una resonancia en su apetito de eternidad y de fama eterna universal–como en Joyce–parece querer atrapar a sus lectores para que respondan a la famosa pregunta del deseo: Che vuoi? No le interesa solo seducir a los especialistas, sino también al público en general, a la posteridad.
Lo más original en este gran semiólogo son las sustituciones significantes que establece, consciente de que si no se crean nuevas palabras, no hay ideas nuevas. En este sentido, no se satisface con ninguna elaboración del saber, y nuestro creador de palabras es también gran creador de significantes, dando muestra constante de su empeño en resistir a la integración en el Otro de las ideas establecidas. Sabe que la lengua nos utiliza: se dice más de lo que se quiere, por eso la metáfora y la metonimia no dejan de entrecruzarse en el discurso, y que cuando hablamos somos siempre llevados más allá de nosotros mismos, ese más allá donde yace el sentido. Parece decirnos que uno es hablado por la lengua (lo cual lo acercaría al inconsciente de Freud). Intuye que el lenguaje transforma al individuo humano hasta en su cuerpo, en lo más profundo de sí mismo, transforma sus necesidades y sus afectos.
Las formas de saber que persigue Unamuno merecen mayor atención de la que puedo dedicarle ahora. Repasemos someramente lo que podríamos llamar la lógica del significante. De modo general, Unamuno, se basa en el juego de palabras, busca la estructura radical del lenguaje, e ilustra la primacía del significante con su escritura: esconde la articulación del razonamiento, moviliza todos los recursos retóricos y homofónicos de la lengua. Su estilo es digresivo y repentino, tiene un carácter de sucesión, de continuidad, en una obra que se desarrolla a lo largo de cincuenta años, sin discontinuidad aparente. Desde el inicio destaca una concepción no unificada, no unificante del yo–el yo aparece como un desorden de identificaciones imaginarias de rasgos heteróclitos. Este yo como desorden toma varias vertientes; por un lado, la relación yo/otro como mortífera (ampliamente representado en su teatro), y además, la tensión de este desorden en sus novelas, en particular Abel Sánchez), donde de manera fuerte y definitiva plantea el horror y el vacío del yo o el otro (esta ruptura tiene raigambre freudiana, aunque Unamuno no la reconozca). Encontramos así en su escritura toda una dialéctica entre lo simbólico y lo imaginario: si lo simbólico se define en dos vertientes — de la palabra y del lenguaje–la relación imaginaria es fundamentalmente una dimensión de guerra, de rivalidad mortal, que encuentra en la palabra una función pacificadora. Él, que desde el principio se presenta como el despreciador de la mentira, de todo ese mundo de representaciones e identificaciones que lo simbólico había ofrecido a la credibilidad, poniendo así en cuestión todas las obras de civilización que habían ordenado y orientado la realidad subjetiva, encuentra en el “casticismo” su gran bestia negra, como monumento de significaciones e identificaciones compartidas.
Volvemos con ello a lo Real, y elaborado a través de la palabra plena, aquella que atañe en el sujeto al significante y al significado. En este texto sobre el casticismo, Unamuno nos deja abierta las preguntas y las paradojas de una modernidad reforzada a lo largo de los siglos por un significante amo que hoy adquiere toda su carga simbólica. Parece decirnos que si lo castellanizante, si es débil, por lógica interna de su posición sería necesario reforzarlo, desde el ángulo de la jerarquía. Pero lo que nos descubre en este texto, es la dimensión de los significantes que hablan, que hablan en tanto engañadores. Como si fuera una ciencia en el fondo sabia, su reflexión parece indicarnos que quien posee ese sistema es quien mantiene la dimensión del sujeto; sujeto en tanto que reflejo, espejo, soporte de ese mundo. Al desenmascararlo, Unamuno nos demuestra que eso habla, que habla en el pleno sentido de la palabra –que dirían Freud y Lacan–; es decir, que miente, y nada más radical hoy día. Lo que le angustia es desenmascarar las marionetas del poder para intentar ayudar a reintegrar la dimensión del sujeto.
En esta tarea del pensar, muestra los límites teóricos de estos hechos de lenguaje y de esas huellas. Lo que parece decirnos a lo largo del tiempo es que si no hay propiedad simbólica, si el símbolo es de todos –y me refiero particularmente a En torno–¿por qué las cosas del orden del símbolo adquirieron ese matiz, ese peso para el sujeto? Y proporcionará datos –en su función de sujeto supuesto saber–para hacer intervenir su interpretación, nada despreciable. Es una articulación del problema histórico de la modernidad lo que Unamuno plantea. Y nos obliga a colocarnos a nivel de la existencia de lo simbólico, en tanto estamos sumergidos en él. Por ello es esencial introducir la categoría de lo Real, y no es posible descuidarla en los textos unamunianos. Cada una de sus categorías –el casticismo, la casta histórica, lo castizo–establece, en mi lectura lacaniana, una segunda categoría: lo que ha estado sometido a la Bejahung, o sea, la afirmación, la simbolización primitiva, sufrirá diversos destinos, y lo afectado por la Verwerfung, la denegación, sufrirá otra. Este último es el destino de la mística.
Finalmente, Conviene aclarar lo que denomino (evidentemente llevada por Lacan), el centro de opacidad de lo simbólico, que hace desembocar a Unamuno en un concepto del Otro del lenguaje, que siempre está allí; el otro del discurso universal que siempre está allí, de todo lo que ha sido dicho en la medida en que es pensable. Ese Otro de la verdad, el que es un tercero respecto a todo diálogo, lo que funciona como referencia, tanto del acuerdo como del desacuerdo, el Otro del pacto como de la controversia. Es el Otro de la palabra que es el locutor fundamental, la dirección del discurso más allá de aquel a quien se dirige. En este sentido preciso la suya es palabra plena, palabra dialógica dirigida en paradojas al futuro.
Para terminar, Unamuno es un escritor de certeza anticipada, y ahí radica su fuerza. Repito y aclaro que Unamuno histeriza el lenguaje, desestabiliza los universales, cuestiona al Amo; añade siempre una dimensión nueva al contenido de sus citas, por las conexiones que el lector culto pueda llegar a establecer. Su posición acéntrica, exotópica, es la visión del otro, el pensamiento del otro, hecho que lo acerca a Bajtin. Habla lateralmente, siempre hay una historia oblicua, que no se dice o que se expresa en balbuceo. Debemos tener en cuenta que esa posición exotópica es su fuerza. En este sentido preciso, opera con métodos deconstructivos, cuestionadores de la razón pura, analíticos, históricos, integrándose en el corpus del pensamiento crítico, que lo es en la medida en que logra incorporar la otredad. Entendía la escritura como pregunta a la esfinge; ante todo, un método de cuestionamiento que pondría en la vida el valor supremo.
Unamuno y la verdad como ficción
Me parece que lo que le da todo el interés y la fuerza a los análisis de Lacan es [...] que fue el único, después de Freud, que quiso volver a centrar la cuestión del sicoanálisis en el problema de las relaciones entre el sujeto y verdad [...Trató de plantear una cuestión que es histórica y espiritual: la del precio que el sujeto debe pagar para decir la verdad y la del efecto que tiene en el sujeto la posibilidad de decir la verdad sobre él mismo.
M. Foucault
Iris M. Zavala
Comencemos por el final: la verdad tiene estructura de ficción, y es efecto de lenguaje, algo que ya había intuido Jeremy Benthan. La verdad no es algo que se encuentra en el mundo, como para la metafísica, sino algo que se construye en base al lenguaje. Implica inevitablemente un valor ficcional. Nunca se nos presenta en forma total y transparente y sólo accedemos a ella parcialmente y por caminos indirectos. Lacan sostiene que "la verdad (...) es sin duda alguna inseparable de los efectos de lenguaje como tales.” Unamuno, trató de plantear una cuestión que es histórica y espiritual: la del precio que el sujeto debe pagar para decir la verdad y la del efecto que tiene en el sujeto la posibilidad de decir la verdad sobre él mismo. Es una invitación al lector a colaborar, a llenar los vacíos del texto. Es decir, la estrecha relación entre texto y sujeto: “El lector que busque novelas acabadas no merece ser mi lector”, escribe en 1904. No existe comunicación sin el Otro.
Unamuno nos sitúa en la encrucijada entre decir la verdad y decirla parcialmente. Muchos de sus textos parecen decirnos “Yo, la verdad, hablo”, y es en la aparición del lenguaje como emerge la dimensión de la verdad. La verdad es sostener que la verdad es inseparable de los efectos de lenguaje, o sea, que es su efecto, lo que supone distinguir el enunciado de la enunciación. Lo que quiero resaltar es la verdad como efecto del lenguaje y el rechazo a la crueldad como posición ética. Y más claro aún: la verdad implica inevitablemente un valor ficcional. Nunca se nos presenta en forma total y transparente y sólo accedemos a ella de manera parcial y por caminos indirectos. Por eso Lacan juega con el significante verdad/ variedad (verité/variété), la verdad no es única, tiene variedades, diferencias. Se podría decir que la verdad varía, incluso que des-varía.
Esta indagación es esencial para nuestro pensador, a tal punto que el campo de la verdad no se compartimenta; su biografía confirma ampliamente la intrincación entre sus posiciones subjetivas y su escritura, tanto que podríamos decir que su obra es un vasto depósito de sucesivas conversiones subjetivas. Parafraseando a Foucault, diría que quiso volver a centrar la cuestión de la escritura en el problema de las relaciones entre el sujeto y verdad; para ir más lejos, nos sitúa en la encrucijada entre decir la verdad y decirla parcialmente. Un suplemento que impide la clausura de la pregunta sobre la verdad y por una experiencia de la escritura localiza la respuesta en la revelación íntima, mostrando así que el estatuto de la verdad es fundamentalmente semántico. Sin olvidar que la ficción es un estado mítico, insondable; al margen de la verdad y la mentira. Y más importante aún, Foucault, discípulo de Nietzsche, sostiene que la verdad es una conquista de la voluntad de poder; que hay cientos de verdades. Pero. No olvidemos que una interpretación dista mucho de ser una verdad.
Un inciso. Para Unamuno la verdad es su búsqueda, y para ello histeriza el lenguaje, lo llena de preguntas. Si histerizar --y sigo a Lacan--es suscitar en el sujeto un deseo de saber sobre la causa de su sufrimiento, los textos unamunianos no solo obligan al lector a incluirse, sino que toman la forma de una pregunta en el sentido de que esta tiene una causa. La histerización supone una apertura al Otro y un cambio de posición del sujeto en el discurso. De hecho, si continuamos con la analogía, como en toda histeria habría que preguntarse ¿para quién actúa el sujeto este papel? No cabe otra respuesta que lo que Unamuno monta es el teatro histérico; el estallido teatral que la histérica actúa para ofrecerse al Otro como el objeto de su deseo (en Zizek 1992:148). Pero estamos en una caja china, o teatro dentro del teatro, pues si, por una parte, Darío escenifica el teatro histérico, la pregunta histérica --para Lacan y después de Lacan--es sobre la posición sexual del sujeto: ¿soy mujer u hombre? y con mayor precisión: ¿qué es ser mujer?. Estas preguntas existenciales conducen a Lacan a relacionar la histeria con el deseo del Otro (el sujeto histérico puede ser hombre o mujer, pero es más frecuente entre las mujeres).
La histeria sería así una estructura que induce al sujeto a apropiarse el deseo del Otro mediante la identificación. Pero además, hacia 1970 Lacan alude a la necesidad de "histerizar" al analizante, y recuerda que Hegel es el "gran histérico". La histerización del discurso que propongo es una esperanza de apertura al Otro en un mundo en que esa dialéctica necesaria se detiene brutalmente. Y algo más importante aún: para Lacan Sócrates es el perfecto histérico. Nos hace vulnerables al amor, o más bien, desnuda nuestra vulnerabilidad en relación a aquello que nos falta o estamos faltos. Sócrates desestabiliza el saber, lo hace excéntrico... nos impulsa a desviarnos del discurso amo —ortodoxo— como centrado en la noción de Otro; o al menos esa es su función: la interrogación de las certezas de los saberes. Erige un discurso capaz de resistir las imposiciones —siempre perversas —del amo y su empuje uniformizado e intimidatorio. Al histerizar su discurso, desenmascara los semblantes del amo. La verdad surge así de su propio fracaso. Pero, ésta debe distinguirse del discurso de la histeria--una forma de lazo social. Continúo.
En este amplio mundo de preguntas dirigido al Otro, podríamos decir que Unamuno transita varios caminos: la verdad como el ser; la verdad como revelación; y la verdad en su diferencia con el saber. Conjuga el saber como paradoja. En los sesenta, Roland Barthes llamaba l’effet du réel: es decir, el texto nos lleva a aceptar como “Real” su producto ficticio. En los textos unamunianos, en la forma simbólica misma de la realidad, en los sujetos y los saberes que se irrealizan en espejismos, simulacros e historias increíbles, pulula un excedente: ese resto es la verdad.
La ficción construye la verdad como uno de sus efectos de orden y reducción de lo Real, luego la verdad implica un valor ficcional (¿o viceversa?): “La verdad tiene siempre estructura de ficción”. Ni lo ficcional ni su exclusión implican veracidad. Sabe que el saber es aquello que es posible ubicar, pensar y formalizar. No la verdad. El goce de la letra está en Unamuno subordinado al del ser. Podríamos decir que está encerrado en el círculo epistemológico cartesiano que considera equivalentes una teoría de la verdad (es decir, una teoría que dice lo que la verdad es) con una teoría que garantice la verdad de nuestro conocimiento.
Decir la verdad y no errar, pero sabe que a través de un discurso siempre que se desliza en el error, irrumpe la verdad. Si a veces la busca en el registro de la contradicción, intuye que la verdad surge por la acción fallida, el lapsus, la equivocación--gran enseñanza de Freud. Sobre todo surge en la equivocación; Unamuno no teme equivocarse, siente—como San Agustín-- que el sujeto siempre dice más de lo que sabe que dice. La palabra que emite lo coloca, sin que él lo sepa, más allá de los límites del sujeto discursante y a la vez lo contiene en esos límites en tanto sujeto hablante. Y esa palabra que sobrepasa al sujeto es lo que Freud llamaba la parte “sufriente”. Si el ser humano tiene por morada de su existencia el habla, nuestro Unamuno lleva esta postura hasta el error, la equivocación, buscando siempre la palabra plena. Orienta su escritura hacia la cuestión misteriosa de su destino, es decir hacia qué significa su historia; esto quiere decir que la verdad que está en juego no es la verdad del conocimiento, sino esa verdad que está en una posición dialéctica con la ignorancia, en tanto se sitúa en la dimensión del ser. Se puede entender así su necesidad del Otro, “el lugar donde se construye el Yo que habla con el que escucha”, en palabras de Lacan. Más claro aún, señala que la ciencia no explica totalmente la realidad, el conocimiento científico solo está limitado a dar cuenta de ella, es un saber fáctico, más apto para afirmaciones taxonómicas o clasificatorias que para vivir. Las referencias abundan.
Pensador político. traductor, catedrático, dramaturgo, poeta, novelista; siempre educador y filósofo desde Vida de don Quijote y Sancho (1905), hasta Del sentimiento trágico (1912) y La agonía del cristianismo (1931), entre tantos otros textos monodialógicos y periodísticos, es a la vez crítico e innovador, rectificador de ideales y renovador de nuevas verdades. Unamuno se hizo escritor para responder a un Otro: el contexto es muy importante, pues lo mueven su niñez en la Guerra Carlista, además de la crisis de fin de siglo, y la Guerra de Cuba y la Guerra Hispanoaméricana. La escritura unamuniana, un último romántico y de los primeros modernos--paso a paso--nos sitúa en la encrucijada entre decir la verdad y decirla parcialmente. Un suplemento que impide la clausura de la pregunta sobre la verdad y por una experiencia de la escritura localiza la respuesta en la revelación íntima, mostrando así que el estatuto de la verdad es fundamentalmente semántico. Esta indagación es esencial para Unamuno, a tal punto que el campo de la verdad no se compartimenta; su biografía confirma ampliamente la intrincación entre sus posiciones subjetivas y su escritura, tanto que podríamos decir que su obra es un vasto depósito de sucesivas conversiones subjetivas.
Sobre este gran eje imaginario, nuestro autor despliega todo un universo de significaciones para impugnar al Otro--del saber, de la ley--fabricando suplencias simbólicas. Muy distinto al trabajo de Valle Inclán, por ejemplo, que en su exultate jubilate mozartiano, a menudo alcanza un goce de la letra, fuera del sentido, desconectado del Otro y de los efectos de comunicación, semejante, pero no igual, a James Joyce. Unamuno se sitúa en varios niveles: el educador (léase Amor y pedagogía [1902], casi parodia del Emilio rusoniano), el legislador, el rectificador de la sociedad, el visionario, el moralista del amor.
Su postura intelectual no excluyen la auto-crítica y la auto-ironía; en este sentido representa a un vasco dislocado, cuyos compromisos políticos, nunca se separaron de sus propias convicciones ni de su escritura. En sus textos más polémicos, desarrolla una forma de análisis cultural siempre comprometido con causas éticas, en un diálogo continuado con sus grandes fuentes de inspiración. Cuando empieza a escribir es un heredero de la tradición, aunque atípico, y como Descartes puede trazar una raya sobre todos los saberes de su tiempo y producir su cogito; como Descartes, supone a Dios como el garante de la verdad, un elemento que no engaña, pero está lejos del discurso de la ciencia que el cartesianismo inaugura. La escritura unamuniana, hiperbólica siempre, está capturada en la metáfora y la metonimia, los rodeos y los equívocos de la lengua, muy alejada del ideal de la lengua científica y, desde luego, capturado en la lengua que se habla y que nos habla.
Desde En torno, un texto apoyado en lo que llamaremos “causalidad retroactiva“, Unamuno nos ha dejado claro que lo importante es saber que la verdad es hiperbólica siempre, está capturada en los rodeos y los equívocos de la lengua, poder llegar a comprender de qué forma el pasado se inserta en el presente. Repito lo escrito antes: a Unamuno ñe preocupa la sincronía, en una reescritura simbólica del pasado, intentando reconstituir sus orígenes, mostrando a la vez, las maneras en que el pasado limita el presente, y cómo las formas de esta delimitación están sobredeterminadas por la cadena simbólico-sincrónica del presente. Y lo que es aún más grave, que el universo simbólico presente del sujeto es sensible a esta causalidad.
Ya antes he sugerido que este gran texto es un archivo– el sistema general de la formación y transformación de los enunciados”. Esta noción remite a prácticas de interpretación, prácticas orales, prácticas vinculadas a la escritura -con sus reglas de formación, modalidades, estrategias, etc.-, el entramado institucional expresado en discursos, y esbocé sus relaciones con el pensamiento de Foucault, además de destacar sus grandes aciertos: una teoría del sujeto, una teoría del lenguaje, y sus reflexiones en torno al discurso, la escritura y la lectura. En torno es un intento de reflexionar sobre la nación española, la identidad colectiva y los pueblos unificados por Castilla; además de un una tentativa de aislar el malestar profundo que precede, desde luego, la fecha de 1898. No hemos de insistir en su ironía, en sus contradicciones–el rechazo de lo industrial y urbano, al mismo tiempo que un llamado a la “europeización”, y su visión a menudo ahistórica, sino estuviera traspasado por profundos aciertos. Ahora quiero desarrollar otras vías suplementarias de acercamiento.
En su tarea de pensar Unamuno se hizo escritor para responder a un Otro. La escritura unamuniana, hiperbólica siempre, está capturada en la metáfora y la metonimia, los rodeos y los equívocos de la lengua, muy alejada del ideal de la lengua científica y, desde luego, capturado en la lengua que se habla y que nos habla. Unir su horizonte al de su época traspasándola es en definitiva la escritura unamuniana. Se propone desestabilizar los universales, cuestionar al Amo. Su función es descentrar el conocimiento, no totalizarlo, la suya es una posición acéntrica, exotópica, es la visión del Otro, el pensamiento del Otro. Descentraliza el conocimiento, habla lateralmente, siempre hay una historia oblicua, que no se dice o que se expresa en balbuceo. Debemos tener en cuenta que esa posición exotópica es su fuerza. Inspirándome en Lacan, sugiero buscar aquello que en los textos unamunianos “han hecho saber de lo insabido”.
El sentido de su obra—y más evidente aún en sus ensayos, que son a modo de cuaderno de bitácora—es justamente ser intérprete de la subjetividad de su época, y lo hace mediante la cuestión ética. Intenta “hacer saber” lo que ocurre en su civilización, y lo que anuncian los tiempos venideros. Su pregunta, a final de cuentas, es ¿de qué manera el arte nos hace sentir y saber cuanto de incivilización produce la modernidad, incidiendo funestamente en los destinos del sujeto? Intenta producir una conversión, lo que Lacan llama “rectificación subjetiva“, considera la ética como un cierto corte o límite frente al Otro. Su pensamiento es un espiar con los oídos la inquietante vida finisecular. Escribe para hacerse escuchar.
Escritura de certeza anticipada sería la mejor expresión para definir la obra unamuniana. Desde mis ojos están mirando los ojos ajenos… La perspectiva unamuniana es acéntrica; lo fundamental de su visión es la visión del Otro, el pensamiento del Otro; como Bajtin, se entiende que para el vasco la necesidad del Otro es estética: la necesidad de una participación que ve, que recuerda, que acumula y que une al Otro. La mirada de Unamuno son los ojos del futuro. De ahí que las artes, la literatura, la religión en su estatus ficcional, pasen a ser los campos privilegiados de la paradoja. En su tarea de reconstrucción crítica Unamuno conjuga lo que ahora se conoce como el conflicto de las facultades (en trazo kantiano y derridiano), que supone al menos dos cosas: esa separación que debilita el mundo intelectual, y separa al universitario de la “política y lucha reales”. Al mismo tiempo, un conflicto de géneros de discurso, que operan como un peso dóxico sobre la escritura. Volveré sobre este punto que separa a Unamuno del juego metonímico (central en el realismo), conduciéndolo hacia lo metafórico. Centro de sus preocupaciones ha sido la exigencia de responsabilidad civil, pregunta que supone no desligar las facultades, y afirmar con vehemencia que es imposible separar ambos conceptos.
Unamuno parte del lenguaje humano como equívoco, y sostiene que en esta equivocidad todo pueblo condensa las experiencias individuales. Esta es la perspectiva de En torno al casticismo que apoya su conocidísima preocupación por las palabras en su dimensión etimológica; este impulso de reescritura lo induce a redescubrir los vocabularios inertes de la tradición que nos antecede. Partiendo del lenguaje –en cuanto sujeto de lenguaje–Unamuno se sumerge en este denso y poco transparente nudo de paradojas, del código de la lengua; es decir toda la acumulación de formaciones significantes en su función de creación de significado. Descubre así que solo hay algo nuevo en el significado cuando hay algo nuevo en el significante, hecho que lo acerca a las teorías del lenguaje possaussureanas.
Acaso valdría la pena añadir que ese juicio debe ser extendido a “En torno al casticismo” (1895), “Soledad” (1905), “Mi religión y otros ensayos” (1907), “Soliloquios y conversaciones” (1911) y “Contra esto y aquello” (1912). Se trata, principalmente, de ensayos nerviosos, tercos, posesivos, propensos a la cita y a la discusión personal sin contemplaciones; son, principalmente, oportunidades únicas para la exposición de una argumentación determinante. Sin la aspiración de un sistema, Unamuno fue un filósofo de combate: “…mi obra…es quebrantar la fe de unos y de otros y de los terceros, la fe en la afirmación…es hacer que vivan todos inquietos y anhelantes…”. Para caracterizar a los eruditos y a los falsos filósofos, escribió que éstos acostumbraban contarle las cerdas del rabo a la esfinge en lugar de atender a sus preguntas. La filosofía, y bien que lo sabía él, está en el orden de las preguntas y no de las respuestas, que suelen cambiar con los siglos. Por eso supo que su filosofía no sería escéptica ni dogmática, y que respondería, ante todo, a un método de cuestionamiento que pondría en la vida el valor supremo.
Su concepto podría acercarse con el que dio Ernst Cassirer de la cultura: “Lo que la cultura promete al hombre, lo único que puede darle, no es la dicha misma, sino lo que le hace digno de merecerla“; lejano a aquella aseveración freudiana de que El precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad. En lugar de avalar la razón, Unamuno legitimó el dolor existencial de la duda (de raigambre kierkegardiana). Epistemológicamente, atribuía a la verdad una condición pragmática: “Verdad es lo que se cree de todo corazón y con toda el alma. ¿Y qué es creer algo de todo corazón y con toda el alma? Obrar conforme a ello…”. Verdad no es aquello en sí sino lo que en cada hombre está siendo de modo transformador. Dentro de este orden, la inmortalidad sería la recompensa por el encuentro personal con la verdad.
El rostro de la verdad es temible. ¿Cuál es nuestro deber? Ocultar la verdad al pueblo, le dice a Nikos Kazantzakis. Para mí, Unamuno intuye lo que dirá Lacan una treintena de años después: Que la verdad solo se puede decir a medias; y algo más.; que no existe comunicación sin el otro, y que toda voz única es excluyente y autoritaria. El texto, extensión de la memoria y de la imaginación es a manera de laberinto circular, para afirmar la libertad de seguir dándole vueltas al pensamiento inicial en un infinito circuito de anticipaciones. Su desafío constituye la señal de un nuevo sujeto en la historia. El lenguaje es así un interminable diálogo de argumentaciones y refutaciones. Ahí radica su actualidad.
