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Signos de amor: Narraciones de Ángel M. Encarnación

Publicado por: Marcelino Canino el Martes, julio 7, 2009 en Narrativa, Reseñas

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(Amor y mortaja, del cielo bajan)

Por: Marcelino Canino Salgado

Signos de amor , es el título del último cuaderno de narraciones publicado hasta ahora por Ángel Manuel Encarnación Rivera. No sigue, esencialmente, la estructura tradicional del cuento tal como indican las preceptivas literarias clásicas ( principio, medio, fin o desarrollo, nudo y desenlace, etc.) Por eso el autor, sabiamente las ha catalogado él mismo como narraciones. El cuaderno está compuesto por doce narraciones d variada extensión precedidas por unos “Preliminares” donde explica la naturaleza de su obra y da, en cierto modo, una serie de claves al lector.

Es interesante ver, cómo deliberada o indeliberadamente el escritor sigue la estructura del la rueda zodiacal, de ahí que el título sea Signos de amor no solo en el sentido de señales, de muestras, sino en el sentido de signo astrológico. La prueba más contundente es que hay 12 narraciones cuyos sentidos profundos están más o menos relacionados con las estructuras de los 12 signos del Zodiaco, amén de las modificaciones intencionales que el autor introduce en las nomenclaturas. Cada una de la narraciones podía coincidir, ordenadas en este corpus, con los signos de Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Hay, además, algunas trampas de erudición astrológica; por ejemplo: la narración titulada explícitamente Géminis, en el orden del cuaderno y en el orden del Zodiaco corresponde aquí a Sagitario, que es el opuesto zodiacal del signo de los gemelos, pero también de naturaleza dual.

Ya esta división estructural proyecta la originalidad del autor, aunque pueda percibirse en el cuaderno todo un eco borgiano. Los cuentos son esencialmente breves. Desde “El recién estrenado brillo en los ojos” donde la ambigüedad narrativa despista al lector respecto del género femenino o masculino del dueño o dueña del androide o robot llamado Gregorio ( como el Caballero Gregorio del Payaso Pinito) hasta la narración titulada Géminis, donde el protagonista o actante puede ser el portador interno de una sensibilidad femenina, además de su obsesión hipocondríaca. Narración ésta que evoca al mito de Castor y Pólux, epítome del amor fraternal donde se acepta la alternancia de vida y muerte como expresión suprema del amor. A pesar de la universalidad humana de estas narraciones, todas ellas están, de una manera u otra, concebidas dentro de un élan puertorriqueño: Un matrimonio que no puede tener más hijos y se aferra a su única criatura proporcionándole todo tipo de atenciones para evitar que ésta crezca y se de la inevitable ruptura del cordón umbilical. Curiosamente la dependencia es de los padres hacia la niña, no de la niña. El amor ágape, se vuelve cada vez más amor Eros, no por posesión sexual, sino por dependencia psicológica hacia la infante, como ya hemos explicado. En realidad, la modalidad eros del amor es la que predomina en todas las narraciones. La ubicación puertorriqueña es evidente: “ Al otro día me dijo que para Reyes íbamos a construir a Gregorio”. Esta narración, con la que comienza el cuaderno, es de suma importancia pues demuestra cómo el autor se vale del lenguaje no solo infantil, sino disléxico de una niña a la que no se le ha permitido crecer normalmente por unos padres esclavos de sus trabajos y condiciones sociales. “Papá se reía porque en este mundo nadie iba a entendernos, que la gente no sabía nada, ni aun la misma que se suponía que sabiera( sic) las cosas”. La forma correcta del verbo en su modo subjuntivo( pretérito imperfecto)es: supiera o supiese. Pero el autor se vale del lenguaje infantil o infantilizado para lograr un icono del personaje o actante. La transferencia afectiva entre la situación del androide y su propietaria resulta patética, diríase que hasta cruel. Sus recónditos deseos de haber compañía en la más abyecta soledad que padece se expresan: “ No todos los hombres tienen la suerte de contar con un amigo tan bien hecho como el mío. Me gustaría que ella tuviera una amiga androide para que se juntara con Grego”. Pero en realidad la niña lo que desea es que el androide sea una persona de verdad para poderlo disfrutar sexualmente. De ahí el ritornelo de: “ –Yo soy Gregorio, y voy a salvarte de esa cárcel; con esta espada te abriré la puerta de la libertad. ¡ Ah!, oh, no; no es una espada, es un pepinillo…Pues si no puedo con esta espadapépida, digo espapepínida, te romperé la entrada con mi nariz y así podré librarte de esa torre.

–¡Oh! ¿ Por qué no viene un princeso pachanguero a librarme? Uno que tenga la espada de oro y me abra el muro, no un pepinícola pepinipenalizador. ( Explicar la naturaleza del trabalenguas). El final sorpresivo de la narración puede entenderse como una liberación a través del suicidio, o como una liberación sexual.

Todo el conjunto de las narraciones aglutinan alguna crisis de naturaleza sexual. En ese sentido hizo bien el autor en denominarlas exempli, ejemplos, como los del Conde Lucanor.

En La vela negra se evoca la costumbre de acudir a donde las adivinas y lectoras de las cartas para consultar problemas o conflictos amorosos. Esta narración, como todas las del cuaderno gira en torno a la actividad sexual de la protagonista. Se da aquí también la dependencia no psicológica sino de naturaleza sexual. Después de la consulta la protagonista decide liberarse de toda atadura de un hombre vividor y holgazán. La narración es una especie de tour de force del conocimiento esotérico ocultista donde se leen entrañas de animales muertos y se hacen decretos que solo se leen de derecha a izquierda, al revés; como la escalofriante frase de: “Oralced artnoc al eef ed Otsirc, Oralced a Satanás le ocinú roñes” que significa: declaro contra le fe de Cristo, declaro a Satanás el único señor” ( ¡lagarto sea!). Y como un clavo saca a otro clavo, la protagonista se consigue un viejo con dinero que le provee todo tipo de satisfacciones, así que se hace válido el refrán cubano de que “ Viejo sin dinero, no provoca pasiones”. Es curioso que, por otro lado, el autor se vale de la voz de la protagonista para empezar a delinear lo que yo he denominado “su metafísica de la sexualidad lumpen”. Veamos… Dice la protagonista:

“ No hacía falta más que cualquier pendejito de esos tuviera un Toyotita o un Datsun usado para que se dejaran mordisquear el cantito. Las mujeres, ya mujeres no podían estar en esos brincos. Una mujer hecha y derecha ya tenía su casa; o se iba a un motel, qué cará…”

Y se da en ella el caso como el de muchas mujeres que llegan a pensar que, cuando el marido no las atiende es posible que se de en ellos el revirón: “¿ A esa edad le daba por coger por atrás? Con la ideología de que, a rey muerto rey puesto, su acompañante postrero fallece por viejo. Entonces el autor, acude a una conseja como las del aludido Conde Lucanor de don Juan Manuel: “Para el amor no había edad”.

Los enredos de amor, los trágicos y nada graciosos enredos de amor permean todas las narraciones de este libro singular., donde las referencias a manuales ocultistas que parodian el Malleus Maleficarum y hacen referencias torcidas al neoplatónico Gianfrancesco Picco della Mirandola, hermano de Giovanni, el filósofo enemigo de la astrología, así como la referencia al Ritual romano, no tienen otra finalidad que la de caricaturizar a la ignorancia y a las debilidades humanas. La narración titulada Los posesos, donde se emplea el método del secreto de confesión plasmado en cuatro pliegos, del segundo al quinto, a manera de entrega, es, además de su originalidad circunstancial, una acerba crítica al superficial consuelo del ritualismo religioso católico. El segundo pliego constituye una enardecida descripción de las relaciones y fantasías eróticas de una pareja de posesos. Tan efectiva y conspicua que constituye para el lector una especie de Viagra literario o de un fino filme erótico triple X. No obstante el autor deja en claro que el clero también es susceptible de la atracción erótica y del pecado de la concupiscencia. Tanto así que hacia el final del cuarto pliego se da a entender que el marido, denominado Jean Baptiste, al servir de acólito al sacerdote o confesor amigo, tal como lo hacía en los viejos tiempos cuando era un mozo, se da un trastrueque de personalidades y funciones. El monaguillo toma el lugar del sacerdote y a la inversa. No hay duda alguna que el temor a posesión y asedio de los súcubos que tiene el sacerdote viene precisamente de haber experimentado sus ejercicios aberrantes. (Espíritu, diablo o demonio que tiene trato carnal con un varón bajo la apariencia de mujer, engañándolo de este modo.) La narración, propia de un fabulario medieval y más modernamente de un Marqués de Sade, refiere de manera obnubilada relaciones anales en el matrimonio, así como el falatio y sodomía junto al sadomasoquismo. Nunca antes, en época moderna se había tratado literariamente el tema de la copulación sexual con brujas, brujos, súcubos y endriagos, como lo ha hecho Ángel Manuel Encarnación Rivera. La naturaleza esotérica y ocultista – por vedada y por tabú – obligó al narrador a crear una atmósfera donde era forzosa la alusión a obras como la de Francesco María Guazzo, cura italiano de milán autor del Compendium Maleficarum, así como al Papa Pablo V, perseguidor de Galileo Galilei y autor de atrocidades humanas y teológicas. Este cuaderno que comienza con Eros: ágape, vida, placer, hedonismo… termina, como siempre ocurre con: tanatos: la muerte y la nada…..

Una de las narraciones mejor logradas y dignas de aparecer en una antología de literatura puertorriqueña es la que su autor titula La temprana niñez. Valiéndose de las teoría psicoanalíticas de Freud el autor crea una bien imbricada trama en la que un destacado psicoanalista hebraico, preso en uno de los infames campos de concentración, es reclutado para, mediante hipnosis, realizar estudios del inconsciente del Fuhrer. Hitler soñaba constantemente con “una chica delgada y pelirroja que había visto en su niñez repetidas veces cuando iba al colegio en su temprana edad.” El médico psicoanalista debía rescatar el origen de esos recuerdos, averiguar en el hondón de las reminiscencias de Adolfo Hitler el nombre de la chica, su procedencia y donde ésta se encontraba. Investido el análisis por un manto de secretividad absoluta, el médico sabía que al finalizar el experimento sería ultimado como el resto de los pobres hijos de Abrahán. Para ganar tiempo e idear su escapada, el médico emplea la técnica de las Mil y una noches y extiende todo lo posible el periodo de consulta. El resultado del análisis pone de manifiesto algunas interioridades sexuales del Fuhrer, como por ejemplo el descubrimiento de su intento de zoofilia sexual cuyo resultado fue la mordida de una cabra en su pequeño pene. La ambientación, los conocimientos de la psicología freudiana de los que hace gala el narrador, el entramado todo de esta narración, es a mi parecer un somero boceto de lo que podía ser una interesante novela breve sobre dos monstruos de la historia: Freud y Hitler.

Por razones de espacio y tiempo no puedo ni debo comentar todas las narraciones incluidas en el cuaderno. Una presentación es simplemente una invitación a la lectura de la que se dan algunos anticipos como muestra y algunas interpretaciones difíciles como postre. Para concluir, debo señalar que, Ángel Manuel Encarnación Rivera ha hecho una gran contribución a la literatura puertorriqueña contemporánea. Viejos temas, comunes a todas las épocas, han alcanzado ahora una exposición actual. El hombre, el ser humano ha sido siempre el mismo, tanto en las narraciones antiguas y clásicas así como las medievales, renacentistas, dieciochescas, románticas, modernistas y contemporáneas. Es un cuaderno donde el narrador hace gala de sus conocimientos bibliográficos de antiguallas esotéricas y ocultistas así como religiosas, los que emplea, generalmente, como latigazos a los necios adulterados por el estudio y que de tal modo se convierten en pedantes cultilatiniparlos.

Debo señalar, además, que las organizaciones culturales de esta islita que tanto amamos y tanto nos duele, debe propiciar publicaciones y ediciones de este tipo de obras. Es admirable que, esta edición de autor, producida casi artesanalmente, circule contra viento y marea. Los méritos de esta obra, así como el prestigio bien ganado que ya tiene el escritor merece que se haga de la misma una edición profesional, corregida, digna de la importancia excelencia de su autor… Muchas gracias.

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